David Bowie: The Man Who Sold the World (1970)

4.0

La creación de The Man Who Sold the World es el primer episodio de la etapa clásica de David Bowie. Tras dos álbumes que pudieron haber sido un prólogo, aquí varias piezas de la “mitología” de la estrella comienzan a caer en su lugar: Tony Visconti ya está comprometido de lleno con la producción, entran en escena dos de las futuras Spiders from Mars (Mick Ronson y Mick “Woody” Woodmansey), y Bowie, a sus veintitrés años, es ahora un hombre casado, literato, y muy interesado en forjar una estética distintiva para su persona artística. Su —en ese entonces— esposa Angie merece un reconocimiento enorme no solo como apoyo y musa para David, sino como su mano derecha en las maniobras de industria e influencias, y como cocreadora de su icónica imagen glam (que puede ser observada en la carátula de la versión inglesa de este álbum).

En esta nueva etapa, quedan atrás las ambiciones de ganar fama como un ídolo novelty como en el debut o como un predicador folk con motivos espaciales en su sucesor homónimo. Tan pronto The Man Who Sold the World comienza, aquellos gloriosos sonidos que hasta ese entonces no habían tenido protagonismo en la obra de David Bowie, comienzan a emerger del silencio: guitarras eléctricas. Influenciados quizá por los contemporáneos primeros pasos de actos de hard rock y metal como Led Zeppelin o Black Sabbath, Bowie y su equipo crean un sonido sucio y robusto que no recibiría gran atención en Reino Unido, pero sí en Estados Unidos: The Man Who Sold the World es considerado un clásico y una enorme influencia para todo acto grunge o darkwave: Siouxsie and the Banshees, Joy Division, The Cure, Nine Inch Nails, Marilyn Manson, y un largo etcétera que llega hasta Kurt Cobain, quien incluiría a este álbum en su lista de favoritos de todos los tiempos.

Todo lo anterior se debe a que Bowie no se contentaba con solo crear rock agresivo y libidinoso. A pesar de haber abandonado la dirección progresiva de Space Oddity, los gustos experimentales natos de David persistían en la producción y se veían enriquecidos gracias a Visconti, y su fascinación con la narrativa fantástica está presente en cada tema, volviendo al álbum una especie de antología sonora con parábolas filosóficas, protesta política y social, e incluso imágenes lovecraftianas y cyberpunk.

La épica “The Width of a Circle” comienza con su protagonista perdido, viéndose a sí mismo como un monstruo, topándose con un mirlo que canta a Kahlil Gibran; luego cambia de ritmo y se transforma en un blues rock sobre un encuentro sexual con un ente demoníaco. El torbellino dura ocho minutos y te mantiene al borde cada segundo. “All the Madmen” comienza acústica, es descompuesta por un teclado, y luego un cántico paranoide se queda grabado en nuestros tímpanos al rojo: zane, zane, zane, ouvre le chien. Una renuncia voluntaria a la cordura, una canción que Bowie escribió con su hermanastro Terry en mente, quien era mayor que él y alguna vez fue su guía en el mundo de la poesía y la literatura. Su esquizofrenia y eventual suicidio no detuvieron a su hermano menor de redimir su padecer en una canción.

“After All” se gana su lugar como la canción de cuna más tétrica de la historia. Bowie canta con dulzura que el hombre es un triste obstáculo, que debemos vivir hasta nuestro renacer. Compite con Nietzsche por la manera más elegante de enunciar la muerte de dios mientras tétricas voces calan nuestros oídos: oh, by jingo. Efectos electrónicos emergen del silencio y se mezclan con una guitarra crujiente en “Saviour Machine”. El autor emplea con una década de anticipación, un tropo de la ciencia ficción que el cine popularizaría, al narrar la historia de una inteligencia artificial omnipotente que pasa de ser la salvadora de la humanidad a una asesina en masa. Es fácil escuchar como los vientos y demás toques progresivos tendrían su influencia en rock operas futuras.

“The Man Who Sold the World” es un encuentro onírico con un doppelgänger, un diálogo elíptico en un ambiente que se antoja escheriano; sostenida, como “The Width of a Circle” por ritmos de gusto latino y un güiro entre riffs de hard rock. Una obra maestra escrita como un lamento de crisis de identidad juvenil que se convierte en parábola existencial.

Supongo que la escribí porque sentía que estaba buscando una parte de mí. Quizá ahora que estoy más cómodo con la manera en la que vivo mi vida y con mi estado mental y espiritual o lo que sea, quizá ahora siento que hay cierta unidad. Esa canción siempre ejemplificó para mí como te sientes cuando eres joven, cuando está esta pieza de ti que no has encontrado aún. Estás frente a esta búsqueda, esta gran necesidad de encontrar quien eres.

—David Bowie

“The Supermen” exhibe horror cósmico, evocando imágenes de dioses leviatánicos emergiendo, destruyendo todo a su paso, y finalmente pereciendo suavemente. Las nueve canciones sacuden las vísceras y la imaginación. Hay números más directamente rockeros, como “Black Country Rock”, “Running Gun Blues” y sobre todo la hipersexual “She Shook Me Cold”, que dejaría una influencia que es fácil de escuchar en el metal glam de los años ochenta. The Man Who Sold the World fue para David un nuevo inicio, y el menor de los trabajos de su etapa glam clásica (dejando de lado al álbum de covers Pin-Ups), pero aún así es más importante para la historia del pop que miles de otros álbumes, a pesar de que actualmente el cover de Nirvana de “The Man Who Sold the World” sea más conocido que el tema original.

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