David Bowie: Hunky Dory (1971)

4.0

Still don’t know what I was waiting for
And my time was running wild, a million dead-end streets and
Every time I thought I’d got it made
It seemed the taste was not so sweet

—”Changes”

Es en estos primeros versos de Hunky Dory donde David Bowie resume su ideología artística, esa misma que lo catapultaría a ser una leyenda. ¿Acaso los “callejones sin salida” son aquellos álbumes pasados que, aunque de calidad, pasaron sin pena ni gloria?

Ch-ch-ch-ch-changes / Turn and face the strain / Ch-ch-changes: Bowie exclama su mantra de entrega al cambio en un Tin Pan Alley donde ya abunda una atmósfera andrógina, una atmósfera glam. Tan sencillos y coming-of-age como son los versos, logran ser poéticos retratando exactamente las sensaciones que experimenta un joven ambicioso viendo al futuro a la cara: una mezcla de determinación e incertidumbre, así como de miedo y eventual insurrección ante los comentarios de gente mayor que ha sido carcomida por sus propias experiencias.

Si el sabor no era tan dulce en intentos pasados, Hunk Dory es la definición misma del dulce auditivo: el piano de gusto cabaret de Rick Wakeman (del grupo de rock progresivo Yes) cuenta con el protagonismo, la guitarra eléctrica de Mick Ronson es un condimento visceral, y David ya se anima a llevar a cabo proezas vocales. Trevor Boulder entra en escena como el bajista (remplazando a Tony Visconti), completando a las futuras Spiders from Mars; Ken Scott, quien produciría el clásico de Ziggy Stardust, toma las labores de producción. Hunky Dory es una gran puerta de entrada para la obra de David, pues conserva la profundidad y eclecticismo de sus trabajos más ambiciosos y es a la vez bastante accesible. Es un ejercicio en pop posmoderno, un álbum de cantautor con instrumentación tradicional pero una ejecución y composición outré.

Fiel a la tradición de sus antecesores, Hunky Dory entrega earworms llenos de manifiestos personales y guiños reverentes a ídolos de su autor, ambos nutriéndose entre sí. Invasiones extraterrestres y la llegada del Übermensch (“Oh You Pretty Things!), ansiedad existencial, pérdida de la fe y depresión (“Quicksand”, que también posee la primera referencia a Crowley de la discografía de Bowie) están entre los temas de algunas de las canciones más oscuras —pero no por ello menos bellas— del conjunto. No todo es penumbra y acordes menores: David dedicó “Kooks” su hijo Zowie Bowie (ahora conocido como el director de cine Duncan Jones); la sencilla y coqueta “Fill Your Heart” de Biff Rose adquiere una nueva vida con la interpretación de David, y lleva una sonrisa al rostro, convenciéndonos de que nuestras penas están en el pasado, y de que los verdaderos amantes están libres de todo pensamiento impuro.

La segunda mitad del álbum contiene lindos homenajes a las influencias de Bowie: Andy Warhol se lleva un número acústico homónimo, Bob Dylan una lluvia de elogios y The Velvet Underground es homenajeada indirectamente en la vivaz “Queen Bitch”, la cual suena sacada directamente de Loaded. El aura mística regresa para cerrar con broche de oro en la absurda pero escalofriante “The Bewlay Brothers”, la cual —según Bowie— estaba especialmente hecha para el mercado americano, pues a ellos “les gusta interpretar las cosas” así estas “no tengan ningún sentido en absoluto”. La antesala del coro de esta canción demuestra el talento de Bowie para las modulaciones poco ortodoxas; en el documental Five Years, Wakeman analizaría el genio detrás de la composición de “Life on Mars?”, una balada basada en una sucesión sencilla de notas que se eleva a magnitudes galácticas gracias a sus cambios de acordes. Es un himno surrealista, en una pintura de Dalí que ha cobrado vida a través de la visita al cine de una chica inteligente y analítica que se siente aislada.

¿Qué es “Life on Mars?”? ¿Es un Bildungsroman? ¿Una carta de amor al cine y su imaginería cobrando vida? Es todo y es nada. Incluso el timbre de un teléfono que suena en el estudio de grabación al final de la canción parece ser un elemento deliberado, y le brinda un final perfecto. ¿Acaso es el timbre el que nos despierta del mundo onírico de la canción?

hunky-dory

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