The Velvet Underground: White Light/White Heat (1968)

4.0

White Light/White Heat es una masa negra de catarsis mórbida. Su ruidoso expresionismo y su desapegado sarcasmo nihilista penetra en la psique y en los tímpanos volviéndolo una experiencia inolvidable, a pesar de que su ruido blanco y distorsión que no puedan estar más alejados de las sensibilidades pop.

Después del fracaso comercial de su legendario primer álbum, The Velvet Underground despidió a Andy Warhol y a la cantante alemana Nico. Por suerte conservaron a Tom Wilson, aquel productor que había trabajado con Bob Dylan y Frank Zappa, y que al parecer apoyaba toda la lunática experimentación ruidosa en la que el cuarteto se embarcaba. Con sus vidas hechas un desastre, la banda llevó su peculiar sonido a un extremo tan antiestético que desembocó en el nacimiento del espíritu punk en la música.

Aquí no hay un número suave ocasional para conmover nuestro corazón como “Sunday Morning” o “I’ll Be Your Mirror”; se aprovecha cada textura sonora para complementar la lírica, y esta nunca es bonita. Potenciales hits terminan deformando en pesadillas sonoras, como el boogie de “White Light/White Heat” —algo así como una secuela de “Heroin” referente a la metanfetamina— , obliterado por un solo de bajo que aturde los oídos del mismo modo que la droga a la que hace alusión. “Lady Godiva’s Operation” narra una desafortunada lobotomía, con todo y efectos de sonido quirúrgicos que, junto con las voces desapegadas y sádicas de Cale y Reed, vuelven a la canción una experiencia físicamente dolorosa.

Los músicos dan la apariencia de ser entes demónicos cantando melodías sobre la desgracia ajena, como en el caso del pobre protagonista de “The Gift”. Un lado del auricular cuenta con John Cale y su burlona narración, mientras que el otro cuenta con una improvisación salvaje que acompaña cada evento de la irónica historia. “Here She Comes Now” habla sobre las posibilidades del orgasmo femenino, bien pudiendo ser el soundtrack mental de un hombre fatigado durante el acto sexual. “I Heard Her Call My Name” azota de nuevo nuestros tímpanos con una feroz y chillona guitarra eléctrica de Sterling Morrison, la cual parece dar serpentíneas vueltas sobre el ambiente caótico generado por los tambores de la pequeña pero incansable Moe Tucker.

’Sister Ray’ fue hecha como una broma —no, no como una broma—  pero tiene ocho personajes y este sujeto es asesinado y nadie hace nada. Está construida alrededor de esta historia que escribí acerca de una escena de total libertinaje y deterioro. Me gusta pensar que ‘Sister Ray’ es un dealer de smack [heroína] trans. La situación es un montón de drag queens llevándose a unos marineros a casa, metiéndose heroína y teniendo esta orgía cuando la policía aparece.

—Lou Reed

Entonces, arriva la pièce de résistance: “Sister Ray”. Grabada en el primer intento con todo y errores, el relato de una orgía de transexuales y marineros drogados interrumpida por la policía corre espasmódico por diecisiete minutos de pura épica avant-garde, con Lou Reed emitiendo líneas escandalosas ahogadas en una turbulencia de sonido. El grupo entra en trance y abusa cíclicamente de un trío de acordes mayores durante casi veinte minutos. A la primera escucha, el oyente puede reaccionar con total aversión; con la repetición, uno simplemente se deja llevar por la serpiente de negrura, por el incansable drumming de Maureen Tucker (la cual puede reclamar una corona por esta canción sola), por el chillante teclado amplificado de John Cale, que como una montaña rusa sube y baja dando vueltas hasta que finalmente llega el silencio.

White Light/White Heat es un álbum para escucharse de vez en cuando, cuando el cerebro pide este preciso tipo de catarsis, cuando se está en la misma frecuencia emocional en la que estaban sus autores en aquel lejano septiembre de 1967. Es una obra maestra que lleva lo logrado en su predecesor a sus consecuencias lógicas, quemando casi por completo la llama vanguardista del grupo y obligándolo a cambiar de dirección, comenzando así una nueva era más tranquila, pero igualmente satisfactoria.

Hay algo que la furia del álbum despierta mientras se escucha en un estéreo a máximo volumen: headbanging. Como en el caso de su antecesor, el éxito comercial de White Light/White Heat fue inversamente proporcional a su influencia. Cada vez que los Sex Pistols, los Ramones, The Clash o incluso The Strokes le arrancan acordes desgarrados a las guitarras y le pegan incansablemente a la batería, se escucha a lo lejos a Lou Reed: She’s busy sucking on my ding-dong!

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