Pixies: Surfer Rosa (1988)

4.0

Surfer Rosa es un ejercicio pop de estira y afloja, frenetismo repentino y violencia espontánea pero meticulosamente planeada. El encanto visceral del sonido de una guitarra eléctrica rasgando la fábrica de la realidad se probó tan refrescante en su época que le puso fin a un lapso de estancamiento en la música en los años ochenta que influyó a prácticamente toda la escena del rock en la década siguiente: Billy Corgan y PJ Harvey han citado al álbum como influencia, y el mismo Kurt Cobain afirmó que “Smells Like Teen Spirit” era su intento de emular a los Pixies. Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering grabaron su primer LP entero (tras el mini LP Come On Pilgrim) con el productor con el que más tarde Nirvana trabajaría en In Utero: Steve Albini, una figura joven y entusiasta cuyos poco ortodoxos métodos lo vuelven casi un miembro de Pixies en la historia de Surfer Rosa. Los ecos, por ejemplo, fueron grabados en un baño en lugar de ser creados con un efecto de estudio: el resultado es que las voces parecen provenir de una dimensión aparte del pandemónium punk.

“Bone Machine” comienza con la firma sonora de los primeros años del grupo, el bajeo de cuatro tiempos laxo y carismático de Kim Deal. Entran de golpe las guitarras y la batería, y la canción se mueve como una gigantesca araña hecha de huesos mientras Francis le dedica una canción sobre infidelidad a una tal Carol y luego procede a hablarnos de cuando un sacerdote lo intentó toquetear en un estacionamiento, y de como su amorío con una mexicana es todo frijoles y manteca de caballo. La tierna voz de Deal en contraposición con el tenor burlón casi femenino de Francis le da un tinte socarrón a todo lo que cantan, transformando melodías pop que de otra manera hubieran sonado muy dulces en fetiches sadomasoquistas gritando desde un rincón repleto de las telarañas de una psique perversa (“Break My Body”, “Broken Face”). El grito de Francis, pasado a través de un amplificador de guitarra en “Something Against You”, crea un efecto de glitch tan satánico y perturbador que uno no puede sino sentirse amenazado por el simple acto de escucharlo.

Los temas son cortos, con breves puentes que sin embargo se encargan de sobresalir y darle un nuevo sabor a la idea musical antes de que se despida. Ninguna de estas dosis de adrenalina animal se quedan más tiempo del necesario. La experiencia como un todo está tan lograda que uno no puede sino pensar que artistas experimentales que hacen temas de más de siete minutos se están esforzando de más o sobrecompensando el no poder hacer gran cosa con poco tiempo. Lo único que llega a los cuatro minutos es “Gigantic”, el estribillo más pegajoso y accesible del álbum, una oda a un amante bien dotado cantada por Deal con una inocencia que casi hace que ignoremos la obvia sexualidad; la psicótica balada “Where Is My Mind?”, una canción que, si bien está lejísimos de ser representativa del sonido del grupo, se volvió la más icónica gracias a su uso en Fight Club de David Fincher; y por último, “Vamos”, una de las canciones inspiradas en Puerto Rico, una aventura acústica con gritos en español (¡puñeta, cabrona!) y un Joey Santiago tocando la guitarra eléctrica con todo lo que tenga a la mano mientras destrozos en el estudio hacen que entremos en un trance que nos recuerda a la segunda mitad de The Velvet Underground & Nico.

Para tratarse de tan solo media hora, Surfer Rosa se siente completísimo. Sus pasajes se quedan impregnados en el escucha, incluido diálogos entre los miembros del grupo, como una pelea actuada en la que se amenazan si tocan las cosas de los demás, o una memorable charla sobre una maestra de universidad que se acostaba con los alumnos jugadores de hockey. Surfer Rosa es tan reptilianamente agradable que no es necesario entender las letras, pero estas enriquecen su estado mental: el glam degenerado de “Cactus” habla sobre un preso pidiéndole a su novia que se sangre las manos con un cactus, las embarre en su vestido y se lo mande a prisión (no quiero ni saber qué va a hacer con él). Incluso se deletrea, o mejor dicho, ladra letra por letra, el nombre del grupo, al estilo de T. Rex (Bowie eventualmente grabaría un cover para su álbum Heathen en 2002).

El absurdo de las imágenes de Francis junto la entrega vocal tan lunática son reminiscentes de una pintura de David Lynch: te gustan pero no te parecen bellas, sino que quieres morderlas, hacerlas sangrar. Y vaya que los Pixies hacen sangrar a estas canciones. “Tony’s Theme”, sobre un niño aprendiendo a andar en bicicleta sin las rueditas auxiliares, es de las canciones más agresivas junto con “River Euphrates”, la historia de un hombre conduciendo a través de la franja de Gaza que se queda sin gasolina y termina rodando en un neumático hacia el río Éufrates. La canción es todo build up al coro con los lalalá (o mejor dicho, ride ride ride) de Kim Deal y Francis y la elástica guitarra eléctrica metiendo tensión (hay una versión alternativa con un solo de guitarra que también ayuda). El coro está tan gritado que lo que dice es casi indiscernible (let’s ride the tire down River Euphrates).

Es imposible no hacer una lectura sexual de todo este contenido con las bases que se nos dieron al principio y en Come On Pilgrim. A fin de cuentas, ahí tenemos esa inolvidable portada, con una chica en topless posando al lado de un crucifijo (irónicamente, su disco sucesor Doolittle estaría mucho más basado en la Biblia). La canción que la da su título a la obra, “Oh My Golly!”, es un cántico desesperado a una surfista y una invitación a “jugar por la playa”. Surfer Rosa está cimentado orgullosamente en el libido masculino (dándole sin embargo la oportunidad a la lujuria XX a tomar centro con “Gigantic”), pero si algo bueno ha salido de ello jamás, es fiereza musical, y aquí hay de sobra. Realmente no tienes una idea de lo satisfactorio que puede ser el sonido de una guitarra eléctrica si no has escuchado este álbum.

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