Pixies: Doolittle (1989)

4.0

El surrealismo no es algo que generalmente se asocie con la música pop. Y a pesar de ello, Doolitle es tan gloriosamente inverosímil que los power chords que abren “Debaser” son sucedidos por imágenes de Buñuel en verso (slicing up eyeballs) y estribillo: I am un chien andalucia. El surrealismo no está solo en las referencias: el flujo libre del pensamiento, crudo, primigenio y absurdo, permea todas las letras del álbum, mezclado con las viñetas de mitología cristiana que Black Francis no emplea de manera apologética ni crítica hacia la religión, sino como meras fuentes de imágenes aún más insólitas.

A finales de 1988, los Pixies se embarcaron en una gira como teloneros de Throwing Muses y Francis comenzó a escribir las primeras canciones del sucesor de Surfer Rosa, que en ese entonces se llamaba Whore, a consejo de su padre (“en el sentido más tradicional, operático, bíblico, como en la gran puta de Babilonia” — B. F.). Después de grabar varios demos en la bodega de una peluquería, dos productores fueron considerados: Gil Norton (Echo & The Bunnymen, The Triffids, Pere Ubu, Foo Fighters) y Ed Stasium (Ramones, Talking Heads). Por preferencia del director de la disquera 4AD, Norton fue contratado, y las sesiones de grabación consistieron en una constante lucha de visión entre Francis y el productor, el primero muy obstinado en torno a la naturaleza punk de su música, y el segundo con un enfoque más lento, engalanado y comercial.

Por fortuna, el choque entre ambas fuerzas resultó en la creación de un equilibrio perfecto y de la obra maestra de Pixies. Es su álbum perfecto, con la agresividad y rareza de sus inicios pero con la accesibilidad que se incrementaría hasta mitigarlos penosamente en los siguientes discos. Al final, Whore se terminó llamando Doolittle —sacado de la letra de “Mr. Grieves”— porque Francis no quería que la portada con el mono celestial y las referencias bíblicas se interpretaran como algo antirreligioso. El álbum está tan colocado entre dos mundos que ambos títulos hubieran funcionado: Whore suena tan escandaloso como los momentos más maniáticos del disco, pero Doolittle, al sonar tan inocente, crea una ironía socarrona que sienta perfecto.

Cuando se analizan las canciones, uno no puede evitar quedar tanto maravillado como asustado ante el proceso mental de Black Francis como compositor y letrista. ¿Como funciona siquiera la mente de este hombre? “Tame” es un rant acerca de la aversión que sentía hacia los estudiantes ricos que estudiaban derecho en la Universidad de Massachusetts Amherst (“¡Todos son pinches ricos, está bien, no me importa, desearía ser así de rico, pero supuestamente vienen de una clase media alta… y son las más groseras, burdas, e irrespetuosas personas en la faz de la Tierra!” — B. F.). Las querellas de Francis van más dirigidas hacia las mujeres (“Estas chicas de aquí, ¿qué pasa con ellas? […] Podrían ser sexys pero no lo son […] ¡Podrían ser interesantes pero se siguen llenando la cara de palitos de mozzarella y alitas buffalo y poniéndose muy ebrias cada noche y sacudiendo el culo por toda Commonwealth Avenue!).

Hay una misoginia aquí hasta cierto grado entendible debido a la frustración típica del adolescente marginado (yo alguna vez pensé lo mismo cuando iba en preparatoria), pero uno se pregunta como rayos es que eso se convirtió en “Tame”, un boogie de dos minutos que abre con el bajo de Kim Deal (haciendo quizá la más icónica de sus apariciones junto con “Bone Machine” y “Debaser”), versos que parecen más elogios eróticos vulgares, íntimos (got hips like Cinderella, must be having a good shame), un puente de gemidos a dueto con Kim Deal (momento que parece la versión degenerada de un track de Controversy de Prince) y el coro, ese taaaaame, grito con dejo gutural que parece salido del infierno mismo, que se queda impregnado al rojo en el cerebro después de la primera vez de escucharlo. Una experiencia totalmente banal y hasta tonta del autor se termina convirtiendo en una criatura musical completamente diferente, atemorizante, y muy psicológica.

Cuando Francis no está convirtiendo vivencias personales en viñetas aterradoras, nos cuenta cuentos que decantan hacia el fatalismo, el nihilismo, el suicidio y la autolesión. Quiero decir, a mí no me pregunten por qué, pero al menos como recursos literarios funcionan muy bien: la agresividad de las guitarras y la zona rítmica y la singular, irrepetible, única voz de Francis hace que la música brinde una especie de catarsis muy visceral, oscura, y hasta vergonzosa, comparable, se me ocurre, a ver porno o satisfacer parafilias. La balada “Wave of Mutilation” suena gentil pero habla sobre “empresarios japoneses cometiendo suicidio con sus familias porque fallaron en los negocios, así que conducen hacia un acantilado que da al océano”. Cuando Francis canta que encontrará su camino hacia Mariana no está hablando de una mujer, sino de la Fosa de las Marianas, la zona abisal más profunda de la Tierra, oscura como la nada y repleta de criaturas que parecen de otro planeta. Así las cosas en Doolittle.

Las dos canciones que lograron un éxito comercial entrando el top ten americano fueron “Here Comes Your Man” y “Monkey Gone to Heaven”, dos de los tres temas (junto con “Where Is My Mind?”) de Pixies que son conocidos hasta para los fans más pasivos del rock que no le hayan entrado a la discografía entera. La primera fue escrita por Francis a los catorce o quince años, y su cadencia tropical y tarareable melodía hace que pasemos por alto que es sobre… un terremoto (Big shake to the land that’s falling down […] A big, big stone fall and break my crown). Con “Monkey Gone to Heaven” no hay duda: esta no es una canción bonita. Norton le hace un favor a la canción al meterle un arreglo de cuerdas que hace que sus imágenes apocalípticas de ciudades desoladas por contaminación y un gran agujero en el cielo tragándose todo, tengan un fondo dramático, apocalíptico. Joey Santiago entra después de un rock me, Joey del frontman y nos entrega uno de sus maleducados solos de guitarra. “Si el hombre es cinco, el diablo es seis, y si el diablo es seis, entonces Dios es siete”, canta Francis en el puente, antes de que la coda termine en que “este mono se fue al cielo” (¿referencia a toda la humanidad, extinguiéndose simiesca y ridícula al haber acabado con el mundo, quizá?).

El  material sacado de la Biblia no es mucho, pero para quien sea familiar con las historias, los nombres y el idioma inglés, será notorio. Acentúa el drama pervertido de muchas canciones y, vaya, sí, es una propuesta muy original. El triángulo amoroso en “Dead” es sobre Betsabé, el rey David y Urías el hitita, por ejemplo, pero uno le pone más atención a la loca estructura de la canción y a los cambios de tiempo: comenzamos con un stomp que lleva hacia licks de guitarra espasmódicos, coros con gritos, y un puente que resuelve en una canción totalmente diferente, rayando en el glam, algo que casi te hace querer aplaudir. La estructura es brillante y con muchos cambios para estar limitada ni a dos minutos y medio, a diferencia de muchas cápsulas que son one trick ponies —también muy buenos— como “Tame”, la laxa “I Bleed” (dirigida por el bajo de Deal), “There Goes My Gun” y la onda wéstern de “Silver” (única canción coescrita por Kim Deal).

Las apropiaciones hispanas de Surfer Rosa salen a flote de nuevo en el strumming de la guitarra de “Mr. Grieves”, una aceptación resginada de un fin del mundo nuclear personificado en el “señor penas” (según B. F.); su puente cae, inexplicamente, en un vodevil. Su “hermana” es “Crackity Jones”, una canción parcialmente en español sobre un roomie “raro, psycho, gay” de Francis que decía conocer a un personaje de los Picapiedra y que, bueno, de verdad estaba loco, pues decía escuchar voces. Los versos dejan ver que el músico tenía miedo de que le llegara a hacer daño (I’m afraid you’ll cut me, boy). El nombre del personaje es cantado exactamente de la manera que imaginas que Black Francis lo cante, y le queda perfecto al estado mental insano que buscó retratar.

Hay canciones dirigidas a un personaje femenino no especificado,  pero no son precisamente románticas. Si alguna vez llegas a dedicar “La La Love You” debes estar conciente de su propuesta tongue-in-cheek: el ritmo de batería de al principio y el shake your butt/nice and hard de Lovering y Francis hacen que parezca que un rap está a punto de entrar; en lugar de eso tenemos una serie de licks a la guitarra de Joey de gusto altamente sexual. Luego tenemos los silbidos más clásicos, los fiu-fiu callejeros; algo que hubiera sido mortal en una canción que se tomara en serio. First base, second base, third base, home run, dice brevísimo el puente. Puro amor a la vieja escuela. Después tenemos a “No. 13 Baby”, sobre una chica que tiene tatuada la leyenda No. 13 en una teta. “Viva – don’t want no blue eyes – la loma – I want brown eyes – rica” dice el coro, con Francis mostrando abiertamente sus preferencias latinas en cuanto a mujeres. Después de una serie de maniáticas repeticiones, el bajo de Deal se funde con los demás instrumentos en uno de los mejores outros no del rock sino de la galaxia, un trance que hace que la canción se extienda satisfactoriamente durante cuatro minutos que parecen a la vez mucho y muy poco.

Después de que “There Goes My Gun” se pierde en el vacío, un grito nos hace sacudir la cabeza y llama nuestra atención: hey. Tras unos segundos, una nota de bajo sienta la base para otro ritmo español, acústico, mientras que Francis grita, alto pero ahogado, su primer lamento sentimental con las venas totalmente abiertas: been tryin’ to meet you… must be a devil between us. “Hey” es romántica en un sentido completo, épica y directa, erógena y torturada, ácida y paranoide, una manifestación de un anhelo por un amor torturado por putas —literales o metafóricas, físicas o mentales, en tu cabeza o en tu cama— que no logra consolidarse o reconciliarse, un estira y afloja, un encadenamiento: we’re cha-a-a-aained, ch-ch-aained, ch-a-aaained, dice el coro, brincando entre lo ahogado y el falsete lastimero, con Deal impecable y tierna al fondo, con la guitarra de Joey emitiendo una nota larga, un lamento que se eleva y pierde en el vacío. “Hey” es una obra maestra expresionista, brillante en estructura e integración de todas las firmas sonoras del grupo: la mejor canción de Pixies.

Doolittle termina con “Gouge Away”, un manifiesto terco y enfurecido, una invitación retadora hacia tu atacante a que te haga aún más daño, porque tienes la fortaleza de soportarlo… y de vengarte aunque te cueste la vida. Para hacer una analogía bíblica se toma prestados a los personajes de Sansón y Dalila. No se menciona una cabellera siendo cortada pero sí una menciones de caricias (you stroke my locks) que suenan particularmente inquietantes gracias a una Deal (¿haciendo el papel de Dalila, quizá?) coreando al fondo con “uuuhs” y “lalalas”. De entre la austera base de bajo surge el coro con Joey entrando de golpe junto con los gritos de Francis provocando a los filisteos que cegaron a Sansón: you can gouge away (gouge = sacar los ojos, away = a gusto), stay all day, if you want to (quedarte todo el día, si es lo que quieres). Al final, Sansón recupera su cabellera, destruye los pilares del templo y asesina a todos, obteniendo una justicia mórbida (chained to the pillars, I break the walls and kill us all with holy fingers).

Doolittle es el epítome del sonido de Pixies y un disco que forzosamente tiene que ser escuchado y hasta estudiado por cualquiera que se diga fanático del rock. Varios tops de hasta los más conocedores lo ponen en el lugar número uno y como he dicho en otras ocasiones, hay cosas que si bien son subjetivas, no me atrevo a rebatir; la posición legendaria de Doolittle es una de ellas. El álbum les traería éxito comercial a los Pixies que se vio reflejado en su tour Sex and Death, marcado por la idiosincrasia del grupo como la interacción Deal-Francis, casi salida de una sitcom, o “bromas” como tocar todo el set en orden alfabético. Lo primero crecería hasta convertirse en una auténtica tensión que destruiría al grupo por muchos años después de lanzar otro par de álbumes igualmente clásicos (Bossanova Trompe le Monde), pero dejaría el campo abierto para que los años noventa fuesen dominados en América por todos los hijos de la influencia de los Pixies en el movimiento grunge, que aún en su mejor momento jamás lograron sonar como ellos en este disco.

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2 comentarios en “Pixies: Doolittle (1989)

  1. La verdad la primera vez que escuche este album me quede enamorado de Monkey gone to heaven, me abriste los ojos en algunas partes en cuanto al surrealismo que no entendía muy bien de que iba en el album. Aunque las canciones son muy buenas el hecho de que sean muy cotas si llega a ser un factor negativo que te deja deseando por mas, si bien algunas canciones logran llenarte en ese corto tiempo otras se sienten un tanto incompletas ami gusto. Un saludo Zamu muy buena reseña

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