Pixies: Trompe le Monde (1991)

4.0

En las artes visuales, un trompe-l’œil (“engaña al ojo”) es una ilustración o construcción diseñada para aparentar tridimensionalidad, profundidad. El cuarto álbum de Pixies porta un título que lleva el concepto aún más lejos: trompe le monde, engaña al mundo. Catorce historias altamente abstractas, crípticas, repletas de imaginería extraterrestre, folclor americano indígena y estocadas a la subcultura hipster (la cual prácticamente conformaba la fanbase del grupo) comparten, de alguna extraña pero cohesiva manera, un lugar en este álbum, la despedida de los Pixies para aquellos puristas que niegan una versión del grupo sin Kim Deal. Para aquellos aún más puristas, esto ya no eran los Pixies de todos modos: los roces entre Kim Deal y Black Francis habían llevado a la primera a quedar relegada al mero lugar de la bajista, con un input creativo mínimo, una música de sesión. Aquellos más puristas ven al engaño de Trompe le Monde no en sus fascinantes narraciones sino en el hecho de que este es, quizás, el primer disco solista de Black Francis.

¿Lo es? A quién le importa. El disco reza Pixies en la carátula y están todos los miembros originales; para mí eso basta. Además, la música es excelente: si bien, antes de que la banda regresara en la década de 2010, resultaba triste que no haya florecido en los noventa y que quedara como una curiosidad para los más alternativos de los alternativos, nadie podía negar que Trompe le Monde era una fabulosa despedida. El sonido había vuelto a ser abrasivo, con la voz fundida al fondo junto con los guitarras y el bajo atacando a toda máquina. Las composiciones, si bien están minuciosamente pensadas, poseen una cualidad cambiante que hace que con la pura estructura extiendan sus brazos a otros géneros a pesar de tener un sonido punk. El rock duro de Trompe le Monde no solamente es satisfactorio en cuanto a volumen e intensidad, sino en cuanto a creatividad y por qué no, diversión: el flujo libre del pensamiento no solo está presente en las letras sino en las formas de los temas.

El title track abre con Black Francis usando su registro alto, no gritado, suave y fluido, impecable y agradable; en otras partes del disco, ocasionalmente bajará a un barítono, fugaz pero muy varonil, o subirá a su clásico grito infernal. En ocasiones, también, nos encontraremos con teclados, como en “Trompe le Monde” y “Alec Eiffel”, un pop rock con armonías vocales de Deal preciosas que, de haber recibido la atención necesaria, actualmente sería tan reconocible por todo el mundo como otras canciones de la época que no necesito mencionar. Hablando de ellas, aquí está el riff de “Smells Like Teen Spirit” en “U-Mass”, una mirada picaresca a la fauna universitaria, a sus marcadas opiniones políticas (we got ideas, to us that’s dear, like capitalist, like communist), y a su constante actividad sexual (pero hey, it’s educationaaaaaal). “Subbacultcha” posee un marcado ritmo repetivivo con una spoken word a doble voz con Deal que del mismo modo repasa los clichés del hipster de onda artística y andrógina (I was wearing eyeliner, she was wearing eyeliner […] and we listen to the sea and look at the sky in a poetic kind of way).

Desconozco el ánimo de la banda durante las sesiones de grabación de Trompe le Monde, pero si se animaron a incluir una —gran, incluso superior— versión de The Jesus and the Mary Chain, “Head On”, imagino que estaban lo suficientemente relajados como para permitirse jugar. Ese es el ánimo que la obra transmite: el de una banda tan segura de su energía e inteligencia que ni siquiera necesita esforzarse para lograr números rock outré. Los cambios de tiempo y strumming en las canciones son gráciles y brindan frescura (“The Sad Punk”), los rockers son explosivos y sus mantras, heterodoxos y memorables (“Planet of Sound”, “Space (I Believe In)”, “Distance Equals Rate Times Time”), las baladas pintan escenas daliescas (“Bird Dream of the Olympus Mons”, “Palace of the Brine”) e incluso se deslizan por ahí romances cuya ternura es velada por una atmósfera alienígena (“Letter to Memphis”, “Lovely Day”). You will be my Martian honey all the day (usen eso como pick-up line).

Trompe le Monde cierra, en una onda muy X-Files, con “Motorway to Roswell” y “The Navajo Know”, ambas historias altamente basadas en leyendas actuales de los misteriosos desiertos de Estados UnidosEste no solo es el trabajo de una mente maestra que gustaba de leer sobre extraterrestres, conspiraciones y de hacer bromas socarronas hasta para su propia fanbase, es el trabajo de una banda completa (de Kim, de Dave, de Joey) que llegó, en apenas cuatro años, a una completa realización creativa. Álbum tras álbum desde su debut constituye un clásico y una escucha obligatoria para todo aquel que ose llamarse a sí mismo fanático del rock.

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