Gorillaz: Plastic Beach (2010)

4.0

Supongo que lo que he hecho con este álbum de Gorillaz es intentar conectar una sensibilidad pop con… hacer que la gente entienda la melancolía esencial de comprar un almuerzo envuelto en toneladas de plástico. La gente que mira X Factor puede tener alguna conexión emocional con estas cosas, ese detritus que acompaña lo que parece ser lo más importante a ojos de las personas, el voyeurismo de celebridades.

—Damon Albarn

Plastic Beach nace de las cenizas de Carousel, una obra teatral de Damon Albarn y Jamie Hewlett (al igual que Monkey: Journey to the West) que iba a hablar sobre el lado místico de Gran Bretaña. Mucha de la “melancolía” (sic) y del concepto fílmico que el difunto proyecto tenía vertida en su música terminó en el siguiente álbum de Gorillaz, que es prácticamente el soundtrack para una película que no existe, pero que casi se puede palpar a través de la música, detrás de la cual ya no solo Damon, sino también los personajes ficticios, parecen desvanecerse.

Gorillaz para nosotros ya no es como cuatro personajes animados; es más como una organización de gente haciendo nuevos proyectos… ese es mi modelo ideal. Gorillaz es un grupo de gente que te dio esto, y ahora te quiere dar nuevas cosas.

—Jamie Hewlett

Damon es más que nunca el titiritero, un ente que lacónicamente entra con su arrastrada voz para luego darle un espacio a sus anchas a una multitud de nombres que ayudan a a que sus ideas florezcan: la bienvenida a la Plastic Beach nos la da una orquesta que abre paso a Snoop Dogg, que abre paso a Bashy y Kano, que abren paso a Mos Def y Bobby Womack, y así sucesivamente. Colaboraciones que parecen no tener un orden en particular, pero que ocupan un espacio perfecto para ellos; destacan Little Dragon en “Empire Ants”, una balada folk sintética que climatiza en un trance electrónico, y Lou Reed en “Some Kind of Nature”, una súplica espiritual que se intenta abrir paso a través de la artificialidad de una nueva era. En ambas canciones, la voz de Damon convive armoniosamente con el colaborador de turno.

La música logra ser sorpresivamente afectiva considerando su concepto “plástico”. De cierto modo, se siente como la eventual culminación de las meditaciones de Damon sobre la cultura pop manufacturada de un nuevo milenio, ansiedades que se avistaban desde los principios de Blur (Modern Life Is Rubbish). Lo orgánico aquí ha muerto, pero el sentimiento prevalece, queriendo quebrar esa barrera, como en el precioso anhelo de “On Melancholy Hill”: los sintetizadores son borrosos y densos, el canto de Damon apagado al fondo, pero un riff delicado se abre paso prístino para evocar todos esos sentimientos.

En la narrativa de Gorillaz, Plastic Beach es la etapa más oscura, la etapa “difícil” del grupo: Murdoc es un fugitivo que huye a una isla hecha de basura, aislada completamente del mundo, la pinta de rosa y la establece como el nuevo hogar del grupo. Remplaza a Noodle con un cíborg, secuestra a 2D, Russel nada hacia la isla y se convierte en un gigante debido a todo el desecho tóxico en el agua (si esto les parece extraño, deberían familiarizarse más con la obra de Jamie Hewlett, véase Tank Girl). Eventualmente, los piratas que acechaban a Murdoc llegan, y la banda huye al estilo bíblico, dentro de una ballena.

El álbum resultante de estas narrativas ficticias y reales suena, en efecto, a basura pintada de rosa; pero es parte del concepto. Las canciones laten de vida: “Stylo”, “Glitter Freeze”, “Rhinestone Eyes”, “Superfast Jellyfish” (que tiene a De La Soul haciendo nuevamente su histrionismo maníaco sobre las corporaciones), poseen una electrónica tan violenta que parece casi desprenderse por completo del “esqueleto”, que por cierto, es el más clásicamente hip-hopero de la discografía de Gorillaz hasta la fecha.

Con una hora de duración, Plastic Beach puede ser una escucha difícil, sobre todo en su segunda mitad, donde los trucos se gastan a pesar de que la calidad se mantenga aún alta. No es el perfecto Demon Days, pero es lo más ambicioso que Damon y Hewlett han creado con este proyecto, una valiente y apasionada reflexión sobre la artificialidad moderna, con un completo rechazo de la cultura de la celebridad y una plétora de colaboraciones que celebran el concepto multicultural y diverso que Damon siempre ha secundado en sus varios proyectos, no solo con raperos sino con la orquesta nacional libanesa, la Sinfonia ViVA y el Hypnotic Brass Ensemble tocando arreglos que van de lo folclórico a lo clásico.

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