Gorillaz: Humanz (2017)

3.5

El arte no existe en un vacío, pues los artistas son procesadores del mundo alrededor de ellos. Oculto tras cuatro avatares de caricatura diseñados por el ilustrador Jamie Hewlett, Damon Albarn terminó de invertir y contraargumentar su propio manifiesto nacionalista del britpop a través de Gorillaz en los años dosmil: su voz se fundió con la de su álter ego 2D y, con cada álbum, sus ideas sirvieron de lienzo para la creatividad de otros artistas de diversos géneros musicales, orígenes y eras.

La obra de Gorillaz es la obra definitiva de la década anterior en cuanto al pop: el autor difuminado ante la celebridad, el género difuminado ante las capacidades de la digitalidad. En los diez años que pasaron entre este y los dos anteriores álbumes de Gorillaz (Plastic Beach The Fall de 2010), Damon Albarn —sin duda el mayor genio pop que ha salido de Reino Unido desde David Bowie— se mantuvo ocupado con dos óperas, un álbum solista, y un álbum nuevo de Blur, todas obras novedosas pero a través de las cuales se ve la eterna batalla interna de su autor: la soledad, exacerbada ahora por un mundo que vela incluso por las relaciones personales a través de una pantalla.

¿Qué podría empeorar esa soledad? División. ¿Y cuál era la manera más lógica de obtenerla a una escala masiva? Políticamente. En 2015, Damon le pidió a Pusha T y los demás colaboradores para el nuevo álbum de Gorillaz, que se imaginaran un mundo donde Donald Trump hubiese ganado las elecciones, y partieran de ahí para hacer la música. “¿Qué clase de bola de cristal tiene este tipo?” fue la respuesta de Pusha, un par de años después. La pesadilla se había vuelto realidad, y la realidad se había colado al mundo de caricatura de Gorillaz. No más abstractos demon days: aquí la entrega de los mensajes es inevitablemente directa.

Para resguardar la atemporalidad del álbum, Damon editó todas las menciones a Trump y Obama; si pones atención a las letras, aún puedes rellenar donde las rimas solían cobijar sus nombres. Es posible que ni siquiera te des cuenta, y solo escuches otro de los sonidos electrónicos de la intricada producción metiendo un silencio repentino que pega casi como si fuera otro beat. Humanz es un disco de club: los sintetizadores llevan la batura, y múltiples capas de sonido se solapan creando una maníaca fiesta apocalíptica en una torre que el escucha va subiendo en elevador, cada canción un piso.

Aquí ya no hay una historia ficticia enredada y surreal: la estás viviendo. Este es el soundtrack del hedonismo consciente, del absurdismo lúcido de la ansiedad nuclear: the sky’s fallin’ baby, drop that ass ‘fore it crash, nos dice Vince Staples en “Ascension”. Su estribillo es interrumpido por el aterrador grito del chico del vídeo de OH YEAH MR KRABS! El mundo dirigido el sinsentido del Internet, gobernado por un meme.

Con “Strobelite” es como si nos metiéramos a la fiesta, con las luces cegándonos los ojos, y Peven Everett en éxtasis repitiendo hasta el cansancio un estribillo funky, muy disco. El jamaiquino Popcaan relata, en hábil slang, una historia sobre un joven creciendo sin alternativa alguna más que ser un criminal, e incluso relata un poco de sí mismo: en la vida real, ha declarado que se siente bendecido por Dios por haber podido dedicarse a la música y evitado ese futuro. Tras él sigue Damon comandando el coro de manera similar a “Feel Good Inc.” y uno casi quiere levantarse y aplaudir. Justo cuando empezamos a extrañar a De La Soul les decimos hola de nuevo en “Momentz” donde están ya no riendo como lunáticos sino dándonos un carpe diem muy al estilo de su trabajo solista, pero bajo los pesados, borrosos y densos beats de Damon.

Humanz es un álbum que merece ser escuchado en un par muy bueno de audífonos o en un buen surround, quizá con los ojos cerrados, recibiendo todos los estímulos posibles. Es la fantasía de un sinestésico: los versos de Kelela en “Submission” soltando backing vocals sobre acordes pixeleados, los ataques industriales de la guitarra en la dadaísta “Charger” —armada con la técnica de cut up tan usada por Bowie— con Grace Jones mandando ocasionales risotadas y vocal fries entre los mantras sinsentido de Albarn.

“Charger” se siente como un tema del debut homónimo sacado de su tiempo, desesperado y a punto de estallar: no cohesiona y su naturaleza es caótica, al igual que otros momentos, como cuando Danny Brown interviene en “Submission”. De hecho, así se siente todo Humanz: no es un trabajo cohesivo, pero sí uno entretenido, impredecible. Uno no se imagina a Gorillaz grabando en estudio sino curando el set de DJ de una fiesta basada totalmente en el ánimo fragmentado de una sociedad a la que el Internet le ha robado incluso la capacidad de poner atención: rápido, fugaz, cambiante, efímero, agresivo y aleatorio. Se escucha como una mixtape, una de las variantes del LP tradicional que mas popularidad están teniendo en la actualidad precisamente por esta propiedad. Humanz es tan producto de su tiempo como lo fueron el debut y Demon Days, pero lleva la incipiente tecnoneurosis de Plastic Beach a sus últimas conclusiones.

Tiene sentido, por lo tanto, que 2D/Albarn se pierda más que nunca al fondo. Su voz más apagada y arrastrada que nunca solo toma protagonismo en la melancolía fiestera de “Andromeda” y en la crisis existencial en la echo chamber de “Busted and Blue”, una suerte de prima hermana de “There Are Too Many of Us” de The Magic Whip. Pero tampoco lo extrañamos demasiado cuando regresa al fondo, a dirigir a la orquesta: las colaboraciones que más brillan vienen en la segunda mitad del disco: “Let Me Out” —lo más cercano que hay aquí a un hit junto a “She’s My Collar”, que tiene al impresionante talento joven de Kali Uchis— con el coro gospel de Mavis Staples emergiendo de los versos de Pusha T, los más políticos desde el opener “Ascension”. El mundo asciende a la oscuridad: change is coming, you best be ready for it.

And out of the elephant’s trunk… confetti

Y fuera de la trompa del elefante… confeti

—Interlude: The Elephant (la mascota del Partido Republicano)

No se necesitaba ser un genio para predecir los resultados de las pasadas elecciones en Estados Unidos, sino simplemente ver un poco más allá de la echo chamber y ver que las propagandas progre no estaban convenciendo a nadie que no estuviera ya del lado “liberal”: el tiro saldría por la culata, e incluso los simpatizantes de Hillary no estaban del todo de “su” lado sino del que no fuera el del conductor de televisión megalómano racista y sexista. La división ya estaba hecha. El elefante, al final, expulsó confeti por su trompa. Hemos llegado al último piso de la fiesta, la ascensión ha terminado. El poeta Benjamin Clementine, por sobre el beat más desfigurado del disco, nos habla sobre cómo protegerá el árbol de la prosperidad de los espantapájaros extranjeros con murallas más fuertes que las de Jericó; y si este es el fin, que así sea: no está en contra de nuestra moral.

“Hallelujah Money” es lo que pasa si cruzas el humor satírico de Jamie Hewlett y los fuertes tonos de música afroamericana del resto del disco con una toma inédita y lisérgica de “The Future” de Leonard Cohen. No se me ocurre nada más transgresor que un artista negro haciendo el burlón papel del tirano populista, rindiéndole homenaje a sus riquezas mientras coros mencionan chemtrails, uno de los acertados clichés del alt-right anticiencia actual. La canción, la más impenetrable de Humanz, es también la joya del disco y la que más homenaje le hace al espíritu experimental de Gorillaz: una pesadilla del siglo XXI, una batalla vocal entre 2D —representando la esperanza por la empatía y la humanidad— y un psicópata al que solo le interesa el poder: el momento en el que el calmo puente se interrumpe por su rugido de power es tan aleatorio como otros cambios en las canciones, pero congela la sangre.

Humanz termina con un love trumps hate: “We Got the Power” tiene a los dos viejos rivales de los noventas, Damon Albarn y Noel Gallagher, cantando juntos un himno al triunfo del amor y la persistencia por sobre la adversidad de todo tipo. Entre ellos, Jehnny Beth cantan tan llena de soul que uno piensa por un momento que es otra Mavis: we did it before, and we’ll do it again, we’re indestructible, even when we’re tired. El ataque de power chords del tema es tan —valga la redundancia— poderoso, que uno no puede sino unirse al cántico. Esta es quizá la intención. ¿Resulta este cinematográfico final feliz una ingenuidad? ¿Viviremos acaso para pasar a “Interlude: New World” y a las escenas poscréditos, o mejor dicho, a los excelentes bonus tracks? Uno nunca sabe. Solo podemos esperar que la fiesta apocalíptica del mundo real termine de manera tan luminosa como la de este mundo de caricatura.

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2 comentarios en “Gorillaz: Humanz (2017)

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