Harry Styles (2017)

2.0

Hace un par de meses, una nota se hizo viral en varios sitios de música: según fuentes cercanas al cantante, el material solista de Harry Styles estaba al nivel de David Bowie y Queen. Esto, por supuesto, se convirtió en la burla de los rockeros tradicionalistas y cerrados, pero a mí me llenó de curiosidad, no porque realmente pensara que es el siguiente grande —hay que estar muy ciego para seguir creyendo que no hay nadie digno en la escena musical actual y estar esperando un “salvador”— sino porque quería ver qué clase de pastiche mal dirigido había inspirado tal declaración.

La respuesta fue “Sign of the Times”, el primer sencillo, una balada apocalíptica con ideas musicales bastante buenas, pero que son repetidas sin parar. El tema confunde longitud con calidad; el traer a Bowie a colación y los seis minutos de duración me traen a la mente “Heroes”, que dura casi lo mismo y también es repetitiva, pero que sin embargo se convirtió en un himno universal y atemporal.

Compararla con “Sign of the Times” deja en evidencia todo lo que le falta al sencillo de Styles: “Heroes” pinta imagen memorable tras imagen memorable; “Times” repite las mismas. Bowie matiza cada línea, tiñéndola de emoción, yendo desde un barítono arrastrado hasta altos impresionantes; la entrega vocal de Styles es mecánica y predecible. “Heroes” posee un puente y cambios instrumentales sobre los mismos acordes; “Times” se arrastra, así lo haga en las alturas. “Heroes” emplea todos los elementos mencionados, vocales e instrumentales, de manera semiótica, para invocar una narrativa catártica; acordes y melodía son un esqueleto, una base. “Sign of the Times” cree que con tener una base bonita es suficiente.

Este es el problema de todo el álbum debut de Styles. El mero hecho de que hayan conectado dos cosas que tan poco tienen en común musicalmente como Bowie y Queen, me indica que la persona que lo dijo no estaba pensando en la música sino en aquello que sí tienen a los ojos de todos: credibilidad. Un estatus legendario. Un aire de estrellas de rock “legítimas” que es producto de su calidad y espíritu, no del estilo en particular que toquen. Harry Styles quiere que lo tomes en serio como una estrella de rock, así que junto con tres coescritores (Jeff Bhasker, Tyler Johnson y Alex Salibian, los dos primeros responsables de gran parte del material de Ed Sheeran, Taylor Swift, Miley Cyrus, John Legend y básicamente todo lo que te llegue a la cabeza al leer “blanco y blando” – bueno, Legend solo blando) se dio a la tarea de confeccionar el rock más “legítimo” posible.

Lo logró, pero solo superficialmente: las canciones aquí son verdadero rock, sí, pero es también un rock verdaderamente insípido. Parecen estar formadas de las bases predeterminadas que vienen en los teclados digitales, con clichés encima: unos punteos de guitarra acá bien atmosférica como en Pink Floyd, un falsete acá bien Elton John, arpegios acústicos con gusto folk acá bien Fleetwood Mac, un cencerro acá bien Rolling Stones, todo permeado con la idea estética que tiene de Bowie quien solo ha escuchado su top de Spotify (y que se espantaría si le pusieras cualquiera de sus discos completo).

En pocas palabras, es un álbum enteramente compuesto de cosas que tu papá que cree que sabe de música piensa que son cool. Podría estar equivocado, pero lo que todo esto me deja ver es que Harry no escucha mucha música y solo conoce por encima el tipo de estrella que quiere ser, más que nada por estatus y por ya no ser visto únicamente como miembro de boy band; así que ahí lo vemos, posando mostrando la longitud de su cuello a manera andrógina, tocando la guitarra como quinceañero buscando tabs de Nirvana, usando trajes rosas (“el verdadero color del rock” según él) y autodeificándose en su vídeo de “Sign of the Times” de la manera más ridícula posible, caminando por el agua y volando por sobre paisajes naturales en tomas de “uuuh”, “aaaah”. Una terrible elección apelar al ego en el vídeo de una canción cuya letra aspira a ser una observación social, y peor aún hacerlo con tan terribles visuales. Lo que aspira a ser majestuoso termina siendo risible y nada más que material para memes y gifs divertidos.

Me acosté a escuchar el álbum varias veces en cuanto salió, en silencio, en paz, degustando los temas, esperando que emergiera alguna sutileza que, en mi apuro, no había descubierto. Jamás llegó nada más que el impulso de saltarme más canciones con cada escucha, y es que como pueden culparme si cada una parece simplemente el primer minuto copiado y pegado otras dos o tres veces en todo. Guglear las letras y darse cuenta de que en cada tema hay como tres o cinco versos “variados” al principio y luego una repetición incesante de un coro que de por sí es flojo, es penoso. Esto no es un empleo económico de las letras sino falta de creatividad y un evidente bloqueo nacido de que, como dije, al parecer Harry no conoce más que clichés. Es difícil no restregar los dientes al escuchar el she’s a good girl de “Carolina”, el devil beneath the sheets de “Only Angel”, o el tell me something I don’t already know de “Ever Since New York”, canción que se lleva el primer puesto en versos forzados desde sus primeros segundos:

Tell me something, tell me something
You don’t know nothing, just pretend you do
I need something, so tell me something new

El momento más atroz del disco llega con la penúltima canción, “Woman”, que está ahí al lado de Ed Sheeran en la categoría de canciones hechas por veinteañeros que parece que acaban de coger por primera vez en sus vidas (el she said “I’m having your baby” de “Kiwi” suena como el imbécil que va a presumirle a sus amigos que ya no es virgen). Aparentemente la idea que estos artistas tienen de ser un artista maduro es usar el tipo de frases de flirteo que se ven en las telenovelas que salen a la hora en la que los niños están comiendo con sus papás. Es seguro, es demasiado limpio, y aún cuando Harry quiere hacerse ver como esta especie de hombre torturado, celoso, con pensamientos sucios, ese libido no se ve reflejado en las letras, que solo logran esbozar un coro sumamente incómodo que parece casi improvisado, con un fraseo tan titubeante que casi parece darle pena a Harry: wo-woman. Woman. Woman. Wo-woman. Suena como lo que piensas la primera vez que te meten la mano al pantalón: “mu-mujer… mu-mujer… oh por dios una mumujer de verdad- e-encima-oh por dios, no te vengas pronto, no te vengas pro…

La incapacidad de Styles de ir más allá deja claro que es muy probable que ni siquiera se dé cuenta de que tendría que ir más allá para hacer funcionar canciones como estas. Está posando como un tipo de artista que no es porque lo que quiere es la facha, la credibilidad, la deificación que viene a raíz de ser un rebelde, un transgresor. Pero no es lo suyo: las mejores canciones son la primera, “Meet Me in the Hallway”, y la última, “From the Dining Table”, que parecen las más sinceras y fácilmente podrían ser versiones acústicas de temas de One Direction (de hecho, prácticamente todo lo de 1D se siente más vivo que esto precisamente porque no aspira a ser más que pop ruidoso, adolescente y bonito). Incluso las canciones más rockeras, “Only Angel” y “Kiwi”, se sienten demasiado limpias, la producción muy pulcra, las guitarras eléctricas, sí, pero mezcladas de manera difuminada, suave; esto no alarmará a ningún papá que lo escuche desde el cuarto de su hijo o hija.

Quizá estoy siendo muy duro con un joven de veintitrés años que comenzó como un cantante y que vio su oportunidad en una boy band. El chico es agradable y las declaraciones donde lo comparan con íconos del art rock y el glam no vienen de su parte; pero si este álbum nos enseña una lección, es que no puedes manufacturar un artista de ese tipo, por la simple y sencilla razón de que no puedes manufacturar un ícono contracultural. Esos individuos simplemente no surgen de ese tipo de entornos y rara vez poseen un pasado privilegiado: ¿qué clase de complejidad emocional puedes esperar de alguien cuya más grande pena, su momento más abierto y vulnerable, es masturbarse en un lujoso cuarto de hotel (“From the Dining Room”)? ¿qué clase de riesgo puedes esperar de alguien que cita a las bandas más conocidas y trilladas del rock cuando le preguntas sus influencias? ¿qué clase de filo y energía sexual puedes esperar de alguien que, diga lo que diga, aún está obligado a venderle copias a su vieja audiencia que sucumbía ante un that’s what makes you beautiful?

No importa cuántos trajes rosas te pongas si sigues dando performances genéricas, como si tuvieras puesto lo mismo de siempre: ausentes el magnetismo de Bolan, de Bowie, de Brett Anderson, de Jarvis Cocker, de Bryan Ferry, de Damon Albarn, de Freddie Mercury, de Jobriath, Elton John, Morrissey, Iggy Pop, Lou Reed, Prince, Robert Smith, y un largo etcétera. La rebeldía no es un color, ni una pose: es un espíritu. Y si siguen esperando un salvador, dejen de buscar por aquí y vayan a explorar verdaderas contracorrientes que obviamente no van a ser tan publicitadas. Ignoren el millennial pink de la portada de Harry Styles y su espalda desnuda, y vayan a escuchar el nuevo álbum de Perfume Genius.

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