Miles Kane: Don’t Forget Who You Are (2013)

2.5

Dejemos algo en claro desde el principio: Miles Kane es un compositor brillante. El puente del title track parece casi emerger de la nada, y cuando finalmente pega el coro, uno se puede imaginar a todo un estadio coreando la canción. Sigue “Better Than That” y el stomping á la Kinks es inmediatamente contagioso. “Out of Time” es en igual medida Urban HymnsMorning Glory y “To the End” de Parklife: una balada romántica que comienza con un piano beatlesco y se eleva a la estratósfera con un coro tan meloso pero tan apasionado que uno simplemente se deja llevar.

La clave para disfrutar Don’t Forget Who You Are es estar en exactamente el mismo ánimo que Miles cuando lo estaba componiendo al lado de su productor Ian Broudie: amar el rock ‘n’ roll de los años sesenta. Crudo, hímnico, ligero pero intenso. Si este disco hubiera salido en aquel entonces, hoy en día sería recordado como un absoluto clásico y posiblemente Kane sería una leyenda. Está impecablemente construido y perfectamente producido: cada nota, cada coro por más al fondo que esté, suena nítido, límpido. Es una labor de mezcla exquisita en cuando a volumen. Hay un equilibrio entre riffs y percusiones y pasajes completamente dulzones, como el puente de “Bombshells”.

Por desgracia, es esta perfección en recrear el pasado la que hace que uno no recuerde ninguna canción después de escucharlo. Si “Don’t Forget Who You Are” es una especie de manifiesto sobre ser fiel a tu propio encanto sui generis, Kane no lo está siguiendo. El álbum tiene mucho músculo, pero los riffs caramelizados que sostienen Colour of the Trap sostienen temas más memorables. El compromiso de Kane aquí con la “música real” lo hubiera catapultado a que corearan sus canciones en estadios… en los años sesenta. Lo que es peor, una vez que el álbum pasa de “Bombshells” decae en toda su segunda mitad. Ni la agresividad de “What Condition Am I In?” y “Give Up” salvan el show.

En 2013, Don’t Forget Who You Are se siente anacrónico, y con un gesto de negación hacia todo tipo de reinvención o al menos jugueteo y actualización de la fórmula, como hicieron Arctic Monkeys con su masivamente popular AM. No ayuda que todas las letras carezcan de inspiración y solo sean lugares comunes hechos para quedar bien con la métrica. A pesar de que Miles se intente autoprofetizar con títulos como “Start of Something Big” y “First of My Kind”, nada grande saldrá de un acto de nostalgia fríamente calculado.

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