Arcade Fire: Neon Bible (2007)

4.0

La gente no suele saber que adopta una visión del mundo, o que absorbe ideas [al ver televisión]. No se siente necesariamente así, pero está pasando. Encuentro muy fácil quedar inmerso en ello. Comienza a afectar la manera en la que ves el mundo.

—Win Butler sobre Neon Bible en entrevista con Pitchfork (14/05/07)

El segundo álbum de Arcade Fire, Neon Bible de 2007, no puede sino sentirse profético con descripciones y tesis tan relevantes de parte de sus autores, como la que flota sobre este párrafo. Cuatro años más tarde, la primera canción (“Black Mirror”) le daría nombre a una de las series del zeitgeist, una antología sobre nuestra relación con la tecnología. Pero Neon Bible es más complejo y va más allá que el mero apuntar a las computadoras y a los demás espejos negros en los que nos vemos día con día. Es una visión al presente y al posible —por no decir eventual— futuro, aterrorizada, ansiosa, filosófica.

Arcade Fire empezó a trabajar en un nuevo disco en cuanto la gira norteamericana para promocionar Funeral —uno de los grandes álbumes debut de nuestros tiempos— terminó; estaban en busca de un estudio permanente, entonces compraron una pequeña iglesia en Quebec, hoy en día perteneciente a Emery Street Records. El director de la disquera, Seb Black, habla del lugar bastante bien: “Grandes habitaciones como esta usualmente son molestos, porque hay mucha reverberación. Pero hay algo único sobre este cuarto; tiene mucha decadencia, pero no hay reverberación. No rebota. No sé si fueron los masones que calcularon eso o qué, pero suena asombroso.”

Podemos suponer que el sonido espacioso del álbum, más chamber pop que en el antecesor, se debe más a la producción de Markus Dravs (Coldplay, Björk, Brian Eno) que a la iglesia, pero el entorno no pudo sino haber influenciado la estética del álbum. Desde un principio Arcade Fire decidió sellar conceptualmente sus discos con una imaginería icónica y una identidad gráfica que se viera incluso en los vídeos musicales. El sitio beonlineb.com sigue en pie, con un vídeo interactivo del title track en el que puedes mover las manos de Win Butler entre las sombras; la estética surrealista, onírica y oscura nos recuerda a David Lynch con un toque gótico.

Es fácil decepcionarse con Neon Bible si uno esperaba el mismo tipo de catarsis que Funeral nos ofrecía, y es que este trabajo viene de un lugar totalmente diferente. La polifonía no es usada frecuentemente; aparece de vez en cuando, dándole más protagonismo a los arreglos discretos, los riffs repetitivos y los cambios de tempo sorpresivos (Black Wave/Bad Vibrations). Es música menos reiterativa y fragmentada; presente también en todos los aspectos visuales de Neon Bible (incluidos videos musicales y letras) está el motivo del océano. Este se remonta a las experiencias náuticas de Win con su familia: “si alguna vez has estado en el océano y una gran ola se ha movido debajo de ti, de repente te das mucha cuenta de que no estás en control”. Ese es el manifiesto del álbum: la falta de control.

Neon Bible aborda la ansiedad posmodernista; lo que era una espada de Damocles inquietante en la obra de David Bowie (y que finalmente aceptó de forma hasta cierto grado optimista en Reality), para Win, Régine y compañía es una aplastante realidad. Aquí, Arcade Fire está más cercano a los magnum opus existenciales de Radiohead que a sus hits art rock entusiastas y barrocos á la Talking Heads.

El protagonista de “Black Mirror” despertó de una pesadilla y caminó hacia un océano sin reflejo, un espejo negro. I know a time is coming / All words will lose its meaning, canta Win en el opener, un augurio especialmente oscuro e invisible entre el festivo rock de garage de los dosmil. Cuando las cuerdas entran en Neon Bible, la sensación no es de épica romántica sino de apocalipsis: denle la bienvenida a Owen Pallet (quien sería el arreglista en The Last Shadow Puppets y que aquí se luce con “Ocean of Noise”) y a Sarah Neufeld en violín, así como a Jeremy Gara, el nuevo baterista, que aquí canaliza a Maureen Tucker y se ocupa de que las canciones suenen como si The Velvet Underground hubiera seguido haciendo música hasta el siglo XXI.

En efecto, Arcade Fire es tanto una sensación indie como una de las grandes propuestas de art rock de la actualidad, y parecen tomar sus influencias aquí del grupo epítome de la experimentación. Es como si tomaras el estilo de composición del homónimo de la Velvet de 1969 e incluyeras más habilidad técnica, sincopando la batería (“Keep the Car Running”) pero manteniendo la embestida y la repetición acústica. Otra gran influencia que puede pasar desapercibida es la de íconos de la americana: el “(Antichrist Television Blues)” suena como un track de Bruce Springsteen convertido en una súplica esquizoide de la clase obrera occidental y en una pesadilla post-9/11 (No I don’t wanna work in a building downtown/ I don’t know what I’m gonna do / Cause the planes keep crashing always two by two).

Neon Bible es igualmente excelente que Funeral pero posiblemente jamás será igual de querido, desde el simple hecho de no pintar un panorama positivo. El title track anuncia a la biblia de neón como una especie de versión digital, á la Tron, del libro del apocalipsis, una historia donde a cada niño se le dio “una ampolleta de esperanza y una de dolor”, porque se veían iguales en la oscuridad; si la biblia de neón está en lo correcto, estamos todos condenados, declara el tétrico coro.

Es difícil buscar apoyo en canciones que suplican por una Tercera Guerra Mundial (“(Antichrist…”), que en vez de ofrecernos escapismo nos hacen sentir más frágiles y perdidos, carentes de control en un océano convertido en un espejo negro donde todo es relativo, nadie tiene la absoluta verdad y la única biblia certera es la que dice que lo único seguro es nuestra condena; resulta impresionante escuchar cantar a Win (quien creció en una familia mormona) que el cielo “está en tu cabeza” (“The Well and the Lighthouse”).

El corazón del disco nos devuelve por un momento a Funeral con “Intervention”, una pieza satisfactoriamente bachiana que enarbola su humanidad y nos cuenta la parábola de un soldado aprendiendo nuevamente que las personas somos más que “bocas que alimentar”. Neon Bible pone en la mesa una liberación metafísica, incierta, en la forma de “No Cars Go” (we know a place where no spaceships go), una especie de lugar mental trascendente que puede leerse tanto suicida, como en las oscuras letanías de “My Body Is a Cage”, o simplemente, como una señal de aceptación. El cielo está en nuestras cabezas, pero es quizá lo único que necesitamos.

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