Arcade Fire: The Suburbs (2010)

4.0

Sería muy fácil escuchar superficialmente este álbum y empezar mi análisis con el cliché superficial de que es una “carta de amor” para aquello de lo que habla, en este caso, los suburbios. The Suburbs está inspirado en la infancia de Win y Will Butler —oriundos de Truckee, California— en The Woodlands, una comunidad de Houston, Texas. Pero en todo caso, la carta de amor sería Funeral; este álbum es una carta directamente desde los suburbios, de parte de adultos regresando a sus raíces y meditando sobre el pasar del tiempo y los sueños quebrantándose. Si uno toma a la discografía de Arcade Fire como un arco narrativo, The Suburbs es una especie de limbo entre la infancia primitiva, salvaje y fantástica de Funeral, y la pesadilla venidera y fragmentada del siglo XXI augurada por el aterrador Neon Bible.

Y en cuanto a sonido, si Neon Bible era el White Light/White Heat de Arcade Fire (basado en la comparación que hice en mi reseña del primero), esa obra incomprendida, más ambiciosa pero quizá menos accesible, entonces The Suburbs es su Loaded, un intento de hacer rock más directo y sin tapujos pero manteniendo la integridad artística e inteligencia en el ejercicio pop. Pero a diferencia de The Velvet Underground, Arcade Fire no tardaron prácticamente nada en convertirse en un fenómeno del indie y en una de las bandas de art rock de cabecera del nuevo milenio. A estas alturas de la historia del género, su sonido característico posee influencias mucho más consolidadas que la legendaria agrupación de Lou Reed, y su innovación jamás será igual de significativa. Es muy temprano para saber qué tipo de influencia tendrán, pero lo que es evidente desde el día de hoy es que la racha de obras maestras de Arcade Fire está siendo única en su ambición, delicadeza y pasión transmitida mediante la música rock. Y es quizá lo más importante; el legado es lo de menos.

The Suburbs es toda la energía del rock pero con la magia de esas producciones, como Pet Sounds, que hacen que se te olvide que estás escuchando instrumentos; en su lugar, parecen sonidos casi cósmicos. Esto no es coincidencia: Win describió el sonido que quería lograr como una mezcla de Depeche Mode y Neil Young. Es como si los mejores temas de After the Gold Rush Automatic for the People de R.E.M. fueran sumergidos en aguas etéreas y exacerbados por las progresiones impredecibles de Win, Régine, Will, Jeremy, Tim, Richard y Sarah.

Funeral terminaba con “In the Backseat”, una celebración del no tener que llevar aún el control, el poder ser el pasajero contemplando el paisaje a través de la ventana del automóvil mientras alguien más conduce. The Suburbs comienza cuando el protagonista ya tiene la responsabilidad de aprender a conducir: entre acordes de piano modestos y juguetones, Win Butler abre el álbum con un “In the suburbs I learned to drive, and you told me you’d never survive” que señala la madurez que está por venir, quiera o no. El primer falsete á la Neil Young entra en el coro. El tema no se eleva a la estratósfera como aquel “Neighborhood #1 (Tunnels)”, sino que se torna más oscuro mientras las cuerdas toman protagonismo y el piano va desapareciendo. “In my dreams, we’re still screaming…” canta hasta desaparecer.

“Ready to Start” es una especie de reprise de “Wake Up” en un molde más clásico. Leves teclados evocan el synth pop al separar las estrofas de Butler. El tema introduce ansiedad al mundo juvenil, esa incertidumbre por el futuro que se vuelve aún más grande al querer dedicarle tu vida al arte: “If the businessmen drink my blood / Like the kids in art school said they would“. Es una canción llena de fortaleza así tenga atisbos de un corazón roto (you say “can we still be friends?”). El panorama al que este (o estos) personajes en tendrán que enfrentarse son ciudades sin niños (“City with No Children”, donde la influencia de TVU circa Loaded se escucha más que nunca) repletas de hombres modernos viviendo sus vidas mecánicamente (“Modern Man”, donde hasta el groove irregular parece entrar en la temática del “disco rayado” o el “reloj descompuesto” de la letra).

Cada vez que la voz de Régine aparece en contraposición con el eco barroco del fondo, el efecto es hermoso, como un trance divino. La agridulce “Empty Room” está tan difuminada que cuando su solo de guitarra entra, es como si rápido se ahogara en un mar de melancolía y uno fuera persiguiendo las notas hacia el abismo. Pero el corazón del álbum son las dos partes de “Half Light”, la primera cantada por Régine, un maelström emocional comparable con cualquier cosa en Funeral: “you told us that, we were too young…” la imagen de una pareja de jóvenes recordando correr por entre las casas y los parques, libres a la media luz del ocaso, se gana todo el romanticismo de los arreglos y la arrasadora pared de sonido que el grupo levanta; la épica coda en la que entran tras acumular y liberar la tensión en un “you say you hear human voices, but they’re ONLY ECHOES” es suficiente para matar a alguien y luego resucitarlo con la catarsis cuasi Vangelis de la segunda parte.

La guitarra acústica que abre “Suburban War” es quizá el motif más icónico del álbum y su uso en Boyhood de Richard Linklater unos años más tarde no es sorpresa alguna: el tono de la película es precisamente el del álbum, una épica de gran duración para su medio (en este caso, una hora) sobre envejecer. Win demuestra nuevamente su habilidad para ser poético con lo cotidiano, comparando a las ciudades en las que sus amigos vivían a estrellas distantes, buscando personas en coches que pasan junto a él y declarando que actualmente “la música nos divide en tribus”. Los “ooh-ooh”, los cambios de tiempo y las percusiones tribales le dan una sensación de americana nativa, pero muriente.

“Month of May” es quizá la canción más cercana a una típica canción del verano (Month of May, everybody’s in love) y el rocker más directo y rudo del álbum, el que nos proporciona la energía para terminar de escucharlo. Win no tarda nada a volver a la melancolía con “Wasted Hours”, un tema acústico que es muy real para cualquiera que haya llegado a una edad adulta, por más joven que sea, y se haya dado cuenta de que ha gastado muchísimas horas de una infancia que alguna vez creyó infinita. La adultez se cierne como una nube oscura sobre “Deep Blue”, el himno de la tecnología remplazando a lo salvaje, llamada así por la computadora que jugó ajedrez contra el campeón mundial Garry Kasparov: “Hey, baja el celular un instante, en la noche hay algo salvaje, lo puedo sentir abandonándome”. “We Used to Wait” podría ser el máximo himno de la generación X y los millennials —como los miembros del grupo—, la última generación que tuvo que esperar para poder disfrutar, antes de que una cultura de la inmediatez arrasara con todo: “ahora nuestras vidas cambian rápido / espero que algo puro pueda durar”. El grupo compara esta necesidad de tener todo placer al momento con la desesperación de una audiencia que quiere que el coro de una canción llegue cuanto antes y se repita una y otra vez, y con la coda nos exhorta a aprender a esperar: Wait for it! Wait for it! Wait for it! 

El álbum llega a su nadir emocional con la tenebrosa memoria de “Sprawl I (Flatland)”, una escena digna de película de Steven Spielberg, donde unos chicos en bicicleta son detenidos por un policía: Said, do you kids know what time it is? / Well sir, it’s the first time I’ve felt like something is mine. Por suerte, la tristeza de Win es interrumpida por el ángel de Chassagne, quien llega con una declaración de carpe diem y la luz del disco: They heard me singing and they told me to stop / Quit these pretentious things and just punch the clock, un comentario que casi parece sobre la intención experimental de la banda (tocada también en el track “Rococo”): párale a lo pretencioso y olvídate del reloj, dice Chassagne, y dirige un cántico jubiloso sobre la belleza de una extensión de casas hasta donde alcance la vista en un número electrónico reminiscente de “Heart of Glass”: “Sprawl II (Mountains Beyond Mountains). Win y Chassagne hacen un discreto dueto con el reprise del title track que cierra el álbum con una declaración discreta pero madura: si tuviera de vuelta mi tiempo, mis horas, volvería a gastarlas; la juventud no se puede revivir, y si ocurriera, pasaría lo mismo porque es la única manera de ganar madurez. Aceptarlo es la única manera de cantar el coro y decir “algunas veces no puedo creerlo, estoy superando el sentimiento…”

Si bien toda la discografía de Arcade Fire es hermosa a su manera, Funeral como una fantasía, Neon Bible como una crisis existencial y un lamento mortuorio, The Suburbs es esa madurez que va más allá del pesimismo: así como se aceptan esas horas perdidas en la infancia que te ayudaron a ser quien eres ahora, quizá así se debe de aceptar todo lo que el futuro depare porque no tenemos otra opción. A veces regresar a nuestros orígenes es necesario para volver a encontrarnos y quizá, al volver de los suburbios a la metrópoli, estemos dispuestos a emplear de mejor modo las horas que tenemos disponibles en el presente.

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