Katy Perry: Witness (2017)

2.0

Si pudiera darle un tip a una joven aspirante a estrella pop, sería que nunca se sintiera menos por escribir sobre estar enamorada, verse bien en bikini, ir de fiesta, salir con chicos o abrir su corazón roto en baladas triunfales. Cuando Katy Perry acuñó el impropio término “purposeful pop” (pop con propósito) para referirse a su nueva era con el álbum Witness, lo que hizo fue demeritar toda su obra al sugerir, aunque sea de manera inconsciente, que sus éxitos anteriores no tenían propósito. Y yo digo: claro que lo tenían, ¿acaso no ha visto las muchedumbres en éxtasis cuasirreligiosa en sus conciertos? ¿acaso no Katy Perry: Part of Me hizo llorar hasta al más cínico?

Ver al escapismo del pop como una suerte de falla de diseño inherente es incorrecto así estemos en el clima político más agitado. El rock, el hermano masculino, socialmente aceptado y con reputación intelectual del pop —el cual es visto como vacuo, femenino y vulgar—, cuenta con las mismas temáticas hedonistas y a lo largo de la historia ha sido mucho más sexista que el género que ha vuelto popular el twerking; irónicamente, en un sentido musical, las líneas entre ambos se suelen difuminar o ser inclusive inexistentes. Lo pongo en la mesa porque se me vino a la memoria un artículo de Salon donde la autora argumenta que Sgt Pepper’s volvió al rock/pop algo con reputación académica, seria, tomada en serio por hombres nerds, y se lo quitó a las chicas que adoraban a los Beatles y sus hits de pista de baile. El artículo está sumamente errado en su conocimiento histórico, se nota el prejuicio tremendo de la autora contra el álbum, y se equivoca al decir que este alejó a las mujeres en su momento… pero aplicado a hoy en día, tiene toda la razón: en los círculos melómanos —dominados más que nada por hombres—, Revolver —y su sucesor Sgt. Pepper’s— es el punto en el que es “aceptable” que te gusten los Beatles; hay un increíble e ignorante desdén por las obras tempranas del grupo —así sean igualmente brillantes en sus propios términos— y del look de sus miembros como rompecorazones e ídolos de muchachitas adolescentes en lugar de como “verdaderos artistas”.

El mismo fenómeno pudo verse hace un año con el lanzamiento de Joanne de Lady Gaga: muchos de los hombres que le dieron una oportunidad saltaron a aclamarlo y desconocer por completo a sus trabajos anteriores y a todos esos hits que veían como vulgaridades que bailaban las ignorantes mujeres que no saben nada de música. El problema es que Katy Perry ha caído en la trampa de esa narrativa esnob a la hora de hacer —o mejor dicho, terminar— Witness: parece un álbum convertido en algo que inicialmente no era. Hay canciones que se estaban desarrollando desde 2015, material muy similar a lo que ya nos tenía acostumbrados, y el choque de estas baladas románticas y cánticos de fortaleza femenina con sus posteriores adiciones, como una producción estéril y ahogada e intentos fallidos de hacer consciencia social, dejan como resultado un desastre conceptual siendo vendido como un álbum relevante e importante.

La gran ironía de Witness es que su sencillo estrella, “Chained to the Rhythm”, que estuvo actuando como portavoz del álbum por meses, no es ni de lejos representativo del todo al que pertenece. Cuando nuevas canciones del “álbum inteligente” de Katy Perry, estupideces como “Swish Swish” y “Bon Appétit”, salieron a la luz, me preguntaba qué carajos estaba pasando. “What Is Katy Perry Doing?” se preguntaba el crítico de entretenimiento Ira Madison III al recordarnos que la cantante ha tenido un problemático historial de tone deafness con letras sobre comer corazones como Jeffrey Dahmer (un asesino serial caníbal de chicos gay), varios casos de apropiación cultural y bromas racistas, queerbaiting… entre todo, no parecía que el woke pop fuera la mejor movida para Katy.

Una línea altisonante o dos, un post de Instagram incorrecto, aún son piedras en el zapato, pero todo un álbum con estos errores… no sé si es bueno o malo que no haya pasado, porque por un lado hubiera sido mucho más divertido escribir sobre él. No, Witness no tiene líneas que puedan acabar con la carrera de la cantante. Tampoco es como si tuviera algo, en primer lugar. Es un álbum banal cuyas aspiraciones le juegan en contra. “Chained to the Rhythm” es el corazón del tracklist y su acusación sobre el pop que “encadena a las personas al ritmo” dejándoles la cabeza vacía aplica, primero que nada, para las canciones que la acompañan. Es una buena canción —de hecho, es la mejor del álbum y musicalmente uno los mejores hits de la cantante—, pero cuando Katy se pregunta “are we tone deaf?” ya en el contexto del disco, el saco le queda a ella.

La música me ha permitido viajar, lo que ha reeducado mi mente y cambiado mi perspectiva en tantas cosas, así que mi educación y mi consciencia vienen de mi vo, y así es como veo, y así es como los atestiguo, y así es como me atestiguan y es por ello que el ojo está en la boca.

—Katy Perry

Un par de horas antes de escribir esta crítica estaba viendo su canal de YouTube —decorado, junto con todas sus redes sociales, con avatares y banners de ruido blanco de televisión, estilo Radiohead— y había un vídeo en directo desde la casa de Big Brother —donde la cantante se está quedando por 72 horas— con Katy hablándonos de un libro budista y de predicar el amor y cosas por el estilo. No dudo de sus buenas intenciones, pero su activismo es aquel de la chica blanca que dice amar la cultura negra y termina haciendo algo súper racista sin querer. Hace un par de días me topé con una entrevista en la que declaró que se siente como si todos estuvieran en una carrera por ser el más woke; en efecto, a veces así lo parece —es una buena crítica para algunos “liberales”— pero se nota que el origen de su inquietud es la inseguridad. La única canción en Witness que vuelve a esos temas es la subyugada “Bigger than Me” en cuyo coro repite que todo aquello de lo que intenta hablar es más grande que ella; también declara que siente que tiene una “nueva misión” y que está “empujando sus pensamientos hacia un nuevo lugar”.

¿Pero por qué es tu misión, Katy? ¿Qué te obliga a tocar temas que están siendo explorados en el pop de mucha mejor manera por otras estrellas? No estoy sugiriendo que sea muy tonta como para escribir letras profundas o sátira inteligente, pero si ese es el caso, entonces ¿qué hace ahí “Hey Hey Hey” y su autosexualización y reafirmación de estereotipos femeninos á la Meghan Trainor? Porque con un “Cause I’m feminine and soft, but I’m still a boss, yeah” no te compro que estés “Karate chopping the clichés and norms all in a dress“: es paradójico. ¿Qué hace ahí “Bon Appétit” y su auto-objetización que prácticamente entra en el fetichismo vore? Rara vez he escuchado una canción pop más incómoda, y el vídeo es casi traumático. Menos aún le compro su intento de momento Lemonade en “Power” donde se llama a sí misma una “diosa”. Dejando de lado las metáforas malogradas (“Mind Maze” y “Save as Draft”, un risible intento de actualizar el molde de Telephone Line), Katy cierra el disco con “Into Me You See”, una balada “sensible” con una metáfora coital de apertura emocional malsonante que parece más algo que se le ocurriría a un hombre: Into me, you’ll see / You bend me wide open, now I’m ready / Is this intimacy? (Ya era suficiente con que Yoda le haya puesto título a la canción).

La voz de Katy se arrastra ahogada por efectos en canciones que carecen de la energía de Teenage Dream o PRISM. Los intentos de himnos dance con el teclado ya cimentado como el nuevo sonido a imitar —alabada sea Sia— suenan todos iguales, sin la angularidad apasionada de “Green Light” de Lorde o el éxtasis de cualquier cosa de Carly Rae Jepsen. Si la canción para John Mayer, la melodramática “Miss You More”, lleva alguna especie de shade a Taylor Swift en el título (te extraño más… que ELLA) no sirve para nada, porque la iracunda “Dear John” la deja en ridículo en todos los aspectos (encima, la maquiavélica autora de 1989 lanzó su música en Spotify la noche del estreno de Witness). Los temas más divertidos son “Roulette”, impulsada por sintetizadores, los versos de una bienvenidísima Nicki Minaj en “Swish Swish”, y “Pendulum”, cuyo coro gospel es el momento más orgánico y con alma del disco. Y por supuesto, la sumamente fuera de lugar “Chained to the Rhythm”.

Si Katy Perry quería hacer “purposeful pop” tendría que haber empezado un nuevo trabajo de cero o esperar a la siguiente oportunidad, tomarse su tiempo para confeccionar una manera inteligente de dar un mensaje ya más enriquecido por la experiencia… lo cual quizá no hubiera sido tan viable en timing comercial porque admitámoslo, ser woke te hace ver bien como celebridad con la elección de Trump aún fresca; te hace ver del lado de los buenos, es buena publicidad. Pero Witness se escucha forzado, incómodo, e innecesariamente lento en aras de ser contemplativo. Preferiría ser testigo de otro buen álbum de pop bailable. Tienen un propósito más importante que el que todos creen, incluidos sus autores algunas veces, al parecer.

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