Lorde: Melodrama (2017)

4.0

Hay veces en las que un artista necesita vivir un poco para poder darle forma a su siguiente proyecto. La ausencia —relativa, pues estuvo ocupada con colaboraciones e incluso una banda sonora— de Lorde desde el lanzamiento del aclamado Pure Heroine en 2013 dio a entender a muchos que su fama había sido producto de una exageración mediática impulsada por un one-hit wonder (“Royals”), todo ello cegado al hecho de que a fin de cuentas, Ella Yelich-O’Connor era una chica de dieciséis años que escaló de la nada a la cima. Había que dejar a la joven ser una joven y el arte llegaría; solo era cuestión de esperar a la inspiración.

Una de las cosas que más te hacen crecer es pasar por un rompimiento, y no ese rompimiento del noviazgo “de ensayo” de, digamos, secundaria, sino ese que llega más tarde y ya es capaz de catalizar una plétora de ramificaciones sociales y saltos emocionales que van desde la melancólica alegría hasta el puro rencor. Pure Heroine fue escrito por una adolescente talentosa y observadora pero con pareja, y con un seguro desapego del entorno de fiestas, drogas y alcohol al que estaba a punto de meterse; podía escribir al respecto con filo y hasta con una arrogante condescendencia.

En cambio, Melodrama tiene a una Lorde más vulnerable, soltera, y totalmente envuelta en los cotilleos, dramas, alucines, y luces cegadoras de la pista de baile que hace unos años se deleitaba en diseccionar. No es una negación de Pure Heroine, sino una continuación, una comprensión más profunda y menos reducida de los paliativos del hedonismo de discoteca, una exploración desde lo interno, un viaje por una mente joven que gana nuevas experiencias y aprende que es la aceptación y el amor propio, en lugar de todas las pastillas y cervezas del mundo (que te llevan a “lugares perfectos”), las que curan un corazón roto: what the fuck are perfect places, anyway? 

Lo mismo pasa con el sonido: no es un giro de 180 grados, pero el enfoque es más experimental. A primera escucha podrá no sonar como rock progresivo, y no lo es, pero las estructuras son algo prácticamente único en la escena pop actual. Si ya Pure Heroine era una anomalía, Melodrama es una completa grieta en el sistema. El compositor Max Martin (coautor de miles de hits desde “I Want It That Way” hasta “Shake It Off”; básicamente, Satanás en persona) llamó a “Royals” y “Green Light” incorrect songwriting, pues le meten santa arrastrada a las reglas estipuladas —muchas por él mismo— de como crear un hit pop: vivaracho, pero frío, calculado, matemático.

Lorde hace oídos sordos a la tradición y deja su odisea emocional plasmada en un ondecálogo antipop que es un balde de agua fría para el 2017 incluso mayor al que fue Pure Heroine para el 2013. “Green Light” comienza casi en silencio instrumental y de golpe. Conforme va creciendo y se acerca al clímax —but honey I’ll be seeing you ever I go— van entrando instrumentos hasta que la canción colapsa sin siquiera haber llegado al coro, o a la idea que todos tenemos de un coro. De hecho, lo mismo ocurre en todo el álbum: “Sober” ni siquiera cambia melodías, y su “estribillo” es otra repetición del verso acentuada por unos segundos de trompeta. Lorde hace lo que ninguna cantante pop ha hecho en siglos: obligarte a escucharla, a ponerle atención, a sentir lo que ella siente no solo por la letra —como cualquier Adele— sino por la manera en la que las canciones están construidas.

El ejemplo perfecto de esto es el suite de art-pop “Hard Feelings/Loveless”, cuya primera mitad es dulce y aún posee un lugar de cariño para el pasado (Cause I remember the rush, when forever was us) hasta que unos efectos disonantes destruyen por completo la canción en la versión electrónica de un jam expresionista de rock experimental; lo que queda es “Loveless”, una psicótica canción de cuna vengativa donde la voz dulce y aguda de Ella se torna amenazante: Bet you wanna rip my heart out / Bet you wanna skip my calls now / Well guess what? I like that. El análisis de las relaciones millennials, marcada por la ansiedad tecnológica (we are L.O.V.E.L.E.S.S. generation / All fuckin’ with our lover’s heads generation) es breve pero conciso: a fin de cuentas, somos la generación que tiene que lidiar con el stalking y el ghosting, y la imposibilidad de tener un descanso emocional debido a la excesiva conectividad. Lo primero que se me vino a la mente al escuchar este track fue “You and Me” del solista de Damon Albarn; si Max Martin piensa que “Green Light” y “Royals” son errores, “Hard Feelings/Lovess” debe ser para él nada menos que cianuro.

Lo más cercano a un banger al estilo de “Glory and Gore” que hay aquí es “Homemade Dynamite”, con un verso más pegadizo que el coro, donde Lorde hace uso de su rápida e impecable dicción y fraseo. La producción a cargo de Tove Lo mete un gusto club pero desprendido de todos los clichés del pop post-EDM. La mejor canción del disco es probablemente “The Louvre”, con una producción etérea de Flume que comienza con un sutil strumming acústico, como un tema de Taylor Swift con un coro subyugado e imágenes más memorables (put a phone to my chest, broadcast the boom boom boom boom and make ‘em all dance to it). Brillan también los pequeños momentos de self-deprecationthey’ll hang us in the Louvre, down the back / but who cares? Still the Louvre! su tono pasa de lo afinado a lo deadpan en un segundo y si no te parece gracioso es porque simplemente no sabes inglés. La canción desaparece en una conmovedora coda que es puro Arcade Fire circa The Suburbs.

La segunda mitad de Melodrama es pura catarsis de esa que hace a uno agradecer la existencia de estas canciones. Esa sensación que en un par de minutos logra resumir “Liability” está por todos lados aquí: en las cuerdas de “Sober II (Melodrama)”, en la vulnerable y excepcional “Writer in the Dark” con quizá el mejor motif de todo el álbum (I am my mothers child / I love you till my breathing stops…), en “Supercut” y su doloroso e identificable, repetido y desesperado estribillo de In my head, in my head I do everything right. Pocas veces se ha explorado un rompimiento de manera tan madura y tan exacta en un álbum: juvenil, sí, pero no por ello menos legítima. Cada línea está plagada de sentimiento y matiz, con una voz que ya no es una imitación airosa de Lana Del Rey sino que ha desarrollado su propio estilo: imperfecto, ocasionalmente rasposo, con su propias particularidades a la hora de pronunciar ciertas sílabas. Esta es la voz de Lorde, y evita todos los nefastos problemas de escritura de otros artistas del momento como Ed Sheeran, que describen todo con lujo de detalle innecesario y creen que eso equivale a ser poético: Lorde solo encuentra las metáforas perfectas: nos colgarán del Louvre, todo explotará en dinamita casera, soy un lastre emocional que todos usan hasta que se aburren, en mi cabeza reproduzco un montaje de nosotros, ¿necesitamos acaso más?

Melodrama no es un breakup album, sino un estudio de la soledad. Podemos imaginar todas esas canciones zumbando por la cabeza de una chica intentando fútilmente conciliar el sueño; justo como en la pintura de la portada. Melodrama está afrontando bajas ventas y no cabe duda de por qué: es un disco que requiere dedicación —yo mismo no me atreví a escribir de él sino hasta ya sabérmelo de memoria— y que carece de la racha de earworms de Pure Heroine. La única canción que nos recuerda a esos hits tempranos es la última, “Perfect Places”, lo cual también tiene un motivo en la narrativa: llegar a ese coro, a esa catarsis, es un proceso, no algo que se logre de inmediato. Cuando pega el All of the things we’re taking… se siente como un logro, como el final de una película coming-of-age. Este es un álbum donde cada palabra y el orden de las canciones fueron meticulosamente pensados. Quizá no cantarás tanto como con Pure Heroine, pero las recompensas emocionales serán mucho mayores.

Aún en su nada apologética juventud, Melodrama logra ser más serio que básicamente toda su competencia de artistas pop ya entrados en sus treintas. Nadie sabe a quién está dedicado. No hay polémica á la Taylor Swift al respecto. No hay un intento de tacklear la política actual si no hay necesidad de ello (te estoy viendo a ti, Katy Perry) y Lorde no cae en apropiación cultural afroamericana, ni en look ni en sonido, a diferencia de básicamente todo mundo alrededor suyo. Su extrañeza, su firme negación a estar sostenido en hits y total carencia de controversia quizá lo hagan pasar desapercibido, pero si su autora sigue elevando el nivel ya de por sí alto con el que empezó, su recompensa será aún mayor: ser recordado.

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