Arcade Fire: Reflektor (2013)

4.0

Dude, no tienes idea de lo que loco que se va a poner” dice Win Butler a un imaginario Søren Kierkegaard al leer su ensayo “La era presente“. Según el filósofo danés,  la era actual es la era del reflejo, una pasividad generalizada creada por las distracciones mediáticas, en la que la población se comporta como una masa perezosa que cree que el día de mañana ocurrirá algo importante, que la siguiente generación cambiará las cosas. Una masa que, en lugar de vitorear por aquellos que se atreven a salir del molde, atosiga y se burla cómodamente de quienes destacan mientras se refugian en una ilusoria superioridad.

Las mentes de Arcade Fire, atinadamente vieron en el Internet el epítome de lo que Søren hablaba hacía ya casi docientos años. ¿Qué es la red sino el máximo reflector? Los amantes que protagonizan el title track ya no construyen túneles hacia las ventanas del otro como en “Neighborhood #1 (Tunnels)”; en su lugar, miran hacia pantallas en un intento ingenuo de conectar: our love is plastic, we’ll break it to bits. Uno no puede sino acordarse de las ingenuas y utópicas visiones de Mark Zuckerberg sobre “conectar al mundo” con Facebook cuando el coro emerge frustrado: I thought I find the connector / turns out it was just a reflektor. Un ominoso David Bowie aparece de la nada con backing vocals que suman al efecto distópico.

En su tradición de crear vídeos interactivos para algún tema de cada álbum, Arcade Fire se asocia con Google para el de “Reflektor”. Permites que se active tu webcam, la enlazas con tu celular, y con ello te encuentras por minutos embelesado moviendo los hilos de los personajes sin tener realmente algún tipo de control. Cuando la protagonista destruye su espejo, la conexión se pierde y la pantalla te muestra tu propio reflejo con un celular en la mano, donde se lee BREAK FREE. Esta perturbadora imagen te toma tan de sorpresa que incluso se te olvida la ironía de que Arcade Fire esté colaborando con Google para ello. Si el que ríe al último es la compañía o la banda está a criterio del lector.

Y es que quizá es imposible desconectarse totalmente del reflector totalmente a estas alturas. Reflektor no ofrece respuestas y sus canciones oscilan entre la protesta, la conscientización y el llano lamento. Representa el primer cambio significativo en el sonido del grupo, una lucha entre lo orgánico y lo sintético, entre la era de la pasión y la era del reflejo, entre la producción de James Murphy de LCD Soundsystem y la integración de estilos de música rara haitiana. En su propuesta como álbum doble también hay un mensaje, quizá, sobre la obsesión actual con la inmediacía: ¿hace cuanto que no le dedicabas más de una hora a escuchar un álbum con calma, con atención, sin hacer otra cosa?

La relativamente baja —a comparación de álbumes anteriores del grupo— recepción crítica y popular de esta obra se debe quizá a su espíritu transgresor. Reflektor parece consciente de la fanbase “hipster” de sus autores —se podría decir que en la presunción de los individuos descritos por Kierkeegard en su ensayo, incluso él predijo la existencia de este tipo de esnobs— y los obliga a aceptar sonidos que van más allá del chamber pop épico con letanías para corear en Glastonbury que Arcade Fire llevaba haciendo desde su debut. Para todo aquel buscando este tipo de coros instantáneos, magnanimidad y letras mágicas, Reflektor será una tediosa tortura de setenta y cinco minutos. Los que presten atención, escucharán el trabajo más profundo y ambicioso tanto musical y conceptualmente que Arcade Fire ha creado hasta el momento.

La primera mitad de Reflektor es una satisfactoria y brillante oda a los outsiders como no se había visto quizá desde los días del David Bowie espacial. “We Exist” toca el tema de la diversidad sexual y el orgullo de la manera más concisa y sensata posible: existimos. “Flashbulb Eyes” se pregunta si, como algunas tribus creían, las cámaras realmente te roban el alma, pero el protagonista no tiene nada qué temer: hit me with your flashbulb eye, you know I’ve got nothing to hide. “Here Comes the Night Time” posee el sincretismo rara más grande del álbum y es una merecida glorificación a la música usando sus raíces más tribales, menos modernas, menos rockeras.

En su lugar, Win se pregunta si realmente ama tanto al rock después de todo (Oh man, do you like rock and roll music? ‘Cause I don’t know if I do). Es una pregunta que vale la pena hacerse después de que el género se ha normalizado tanto e incluso puesto en un pedestal de superioridad que nuevamente hace paralelo con las ideas de Kierkegaard. “Normal Person” es una canción engañosamente sencilla que básicamente resume toda la tesis del filósofo sobre el individuo de la era moderna, que encuentra orgullo y confort en seguir los parámetros impuestos por una masa pasiva. Las “personas normales” son, según Win, las más crueles, forzando al resto a reducirse a una mediocridad de rostro decente y ocultando cuando se emocionan; en otras palabras, suprimiendo su pasión. En la coda, Win afirma que las personas normales en realidad no existen, y solo se trata de farsantes que se reprimen a sí mismos (si se extiende la lectura queer de “We Exist” hasta este punto, sigue encajando perfectamente).

Los temas pop de la primera mitad disimulan muy bien su profundidad, como hacía The Suburbs. Pero cada uno de sus aparentemente vagos manifiestos tiene sentido. “You Already Know” afirma que uno, muy en el fondo, conoce la causa de su profunda depresión en el mundo actual; a secas puede sonar insensato, pero trasladado al contexto en el cual Arcade Fire está hablando —la era presente, la aislación tecnológica, la necesidad de normalizarse para funcionar en la sociedad— entonces sí… sí tenemos una idea de lo que nos está volviendo tan miserables. “Joan of Arc” se va por completo a ser una “Rebel Rebel” filosófica: “tuviste una visión que no podían ver, así que te derrumbaron / Pero todo lo que dijiste que ocurriría, ocurrió / Y ellos te atacaron, porque no tienen corazón / Pero yo soy el que te seguirá, eres mi Juana de Arco”. Es imposible no trasladar esto a como se erigen y luego queman las efigies de todo tipo de celebridades y figuras públicas en la era del Internet: First they love you / Then they kill you / Then they love you again.

La segunda mitad de Reflektor es lo más oscuro que ha hecho Arcade Fire, superando incluso a Neon Bible en sus valles pero llegando a una racha catártica incomparable al final. “Here Comes the Night Time II” comienza ya no con la cascada festiva de la primera parte sino con sonidos pixeleados, inmersos en un yermo digital; Win canta, taciturno, de la llegada de la noche como algo soporífero y trágico: I hurt myself again, along with all my friends.

Las últimas cinco canciones son una obra maestra emocional. Win y Régine se posicionan como unos Orfeo y Eurídice modernos. El Orfeo griego era, como uno de los personajes de la primera mitad, un outsider asesinado por aquellos que eran incapaces de oír su divina música. Antes de eso, intentó recuperar a su esposa, la ninfa Eurídice, del inframundo. En “Awful Sound (Oh Eurydice)” los jóvenes amantes —personajes predilectos de Arcade Fire desde su primera canción del primer disco— que se conocieron en el escenario en “Reflektor” —una trágica versión ficticia de Win y Régine, quizá— intentan escapar de la era del reflejo como si del inframundo se tratara, pues saben que no hay más que artificio y conexión ilusoria ahí.

La historia de Orfeo y Eurídice termina con ambos en el inframundo pues el primero no pudo evitar no mirar hacia atrás; en “It’s Never Over (Hey Orpheus)” Arcade Fire crea la canción más desesperante y trágica de su discografía, con ritmos sincopados y un agudo y repetitivo wait until it’s over. En un golpe bajo emocional, hace un paralelo de la odisea de Orfeo y Eurídice con la racha de problemas de la vida: primero nos conforta con un seems like a big deal now, but you will get over… que termina en un estridente it’s never over. Sí, nada es tan importante en retrospectiva, pero la vida sigue, y las penas nunca terminan.

No hay otra manera de representar la caída al inframundo de Orfeo y Eurídice en un contexto actual —que habla sobre una relación amorosa pobremente construida en una era del reflejo y de la interacción por Internet— más que con un rompimiento. Un lugar común, pero efectivo. “Porno” es el sonido de una juvenil y frágil masculinidad dándose cuentas de sus errores y afirmando que no se irá, que no es como los demás chicos que miran pornografía; al abrir los ojos, siente que algo está mal con él. En un spoken word derrotado al final, declara que And boys they learn some selfish shit until the girl won’t put up with it (“y los muchachos aprenderán alguna mierda egoísta hasta que la chica esté harta”). Un I’m not over it resuena hasta desaparecer.

Y con ello llegamos a “Afterlife”. El comparar el estado de desolación posterior a un rompimiento con un más allá, con un inframundo, me resulta tan lógico que me pregunto por qué no se le había ocurrido antes a nadie. La festividad de “Here Comes the Night Time” regresa conforme el protagonista se recupera lentamente de “Porno” y anhela en el coro una resolución: can we work it out? can we scream and shout, ‘til we work it out? ¿Y cuando el amor se va, hacia donde se va? Quizá la respuesta la tiene “Supersimmetry”, que compara a la memoria de un amor perdido con la de dos partículas conectadas a través de la distancia. La música desaparece en pulsos y arpegios electrónicos.

Reflektor integra filosofía, mitología y dos enfoques al pop completamente opuestos en un estudio del mundo actual nada apologético en su rebeldía. Su glorificación de la figura del outsider más allá del típico rock ‘n’ roll de antaño se siente como la adecuada para la música indie de hoy. Cae en el melodrama romántico, pero lo aborda de manera única. Es una escucha inolvidable y quizá uno de los álbumes que, con el tiempo, pueda ser reevaluado y visto como uno de los más representativos del naciente siglo XXI.

reflektor

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