Twin Peaks (2017)

4.0

A diferencia de aquellos que vieron Twin Peaks durante su emisión original y que esperaron una continuación durante veinticinco años, yo la esperé solo durante cinco. Tras volverme fan de la filmografía de David Lynch, me topé con la serie original de 1990 en Netflix, y no tardé mucho en comenzar a enamorarme del mundo que creó junto con Mark Frost y un notable elenco. Claro, tuve que adaptarme a ella y ponerme en contexto. Que salía después de Cheers, junto a mil telenovelas y series policíacas y que de algún modo logró cohesionar todo eso en algo que influiría a lo que vendría después. Ah ahora tenía sentido: para un novato acostumbrado a la televisión ya influenciada por Twin Peaks, es normal que se vea vieja y que sus transgresiones parezcan más comunes.

Es por ello que continuarla con ese mismo estilo hubiese sido redundante. En efecto, sería otro bastión de la cultura pop noventera traído de vuelta por pura nostalgia. Pudo haber sido entretenido, divertido, lleno de suspenso y todo lo que quieras, pero no sería para la tele lo que la serie original fue, en esencia. David Lynch y Mark Frost le dijeron que no a todo eso y, gracias a la libertad creativa que les dio Showtime, han creado una obra a la cual “ambiciosa” le queda corta. Su influencia no sé cual será, pero ha logrado romper todas las expectativas de la escena seriéfila actual y conjurar una deliciosa especulación semana a semana ya no alrededor del dispensador de agua en el trabajo, sino en redes sociales. La nueva Twin Peaks logró ser Twin Peaks, y no una doppelgänger malvada de la original (o una tulpa, mejor dicho, ¿no?).

Sin embargo, esta nueva serie no tenía solo que romperle la cabeza al público en general sino también a los fans. Durante esos cinco años que esperé la continuación, me sorprendí por como al pensar en Twin Peaks pensaba en elementos tan superficiales: el café, el pay de cereza, los pueblerinos divertidos, el encanto del agente Cooper, interpretado por un joven Kyle MacLachlan de filosa barbilla y peinado perfecto. Al encontrarme con fans, bromas surgían sobre el baile del enano en la habitación roja, sobre la canción de James Hurley (y su frente), sobre Leo catatónico con una fiesta a su alrededor, sobre una llama en la estación de policía y sobre Nadine creyéndose una preparatoriana. Vaya, los fans incluso llegamos a bromear sobre Laura Palmer.

Sobre Laura Palmer, esa muchacha abusada sexualmente durante años y brutalmente asesinada, con una gama de seres queridos que jamás se hubieran imaginado un infierno en vida para la chica más querida del pueblo, que se hicieron de la vista gorda, que incluso alimentaron su sufrimiento. Los fans no éramos tan distintos en algunas ocasiones: parecía que nos olvidábamos de las implicaciones más oscuras de cada momento, incluso de cada línea: vuelve a ver el “It is happening again” en contexto y es mucho más lúgubre, rompiendo el dulce momento de Julee Cruise con el “Rockin’ Back Inside My Heart”.

Pero, ¿no es así la vida misma? Twin Peaks siempre fue una serie de dualidades: las lleva hasta en el título. Vidas públicas, vidas privadas. Amor, odio. Alegría, sufrimiento. Risas, llanto. Y por supuesto: las logias negra y blanca, esos espacios fuera de nuestra realidad con entes más allá de nuestra comprensión, que en su eterno duelo envían seres nacidos de brea oscura y luz dorada, como en la ya clásica “Part 8” de esta nueva serie. En esa realidad ficticia son reales, pero pueden verse como metáfora: al igual que su personaje, Gordon Cole (el mejor Mary Sue de la historia), David Lynch no escucha nuestras preguntas (o quizá finge no hacerlo) y se comunica con nosotros mediante símbolos.

La nueva Twin Peaks depende más que nunca de esos símbolos. Con The Return, Frost y Lynch han consolidado la saga como una verdadera epopeya posmoderna cuyas influencias van desde el ocultismo hasta Magritte. En estos veinticinco años, David se siguió desarrollando como artista, su narrativa volviéndose cada vez más quebrada, culminando en el pandemónium surrealista de tres horas que es Inland Empire. Su mente creativa, siempre fascinada por la lógica onírica, fue estimulada por sus incursiones en la meditación trascendental. De él han salido frases como “mientras más insondable es un misterio, más hermoso es”. Twin Peaks: The Return (como ha sido nombrada para facilitar las cosas) se desenvuelve como una serie de viñetas alrededor de una sola odisea, la del agente Cooper de regreso a Twin Peaks.

Lynch en alguna entrevista dijo que esta nueva serie era también una película de dieciocho horas. Al verla en Netflix capítulo tras capítulo (y por lo tanto, con la intro omitida), esto se vuelve evidente: hay ocasiones en las que la transición sería casi imperceptible de no ser por los créditos finales. Por ahí leí que es el equivalente audiovisual y narrativo a una pintura cubierta por paneles, con el artista levantándolos poco a poco, lentamente; sí, sería desesperante a veces, pero la experiencia sería inolvidable. Exactamente así es como se siente The Return, con sus “partes” en lugar de episodios. Es casi una pieza de performance; no es exageración para mí el afirmar que jamás me he visto envuelto intelectualmente con una obra de arte durante un lapso extendido junto con otras personas.

Todo esto es gracias a que Twin Peaks: The Return no depende del spoiler. No es el cómo, es el qué. No es el ver episodios de “mientras” para llegar a un final que cierra todo limpio: es el momento presente. Frustados, vimos como nuestras teorías se estrellaban cuando escenas que pensamos eran parte de una narrativa más grande demostraban ser simplemente expansiones, pequeñas burbujas aisladas que enriquecen la experiencia sin necesariamente ser relevantes para un fin. Porque el presente es el fin.

“Learn cinema, learn Lynch” se volvió el lema de grupos de fans en Facebook ante los desconcertados. Arrogante, tal vez, pero es la clave para disfrutar del impacto e incluso del humor aquí presente: seco, repetitivo, absurdo, con una punchline tan retadora y tonta que termina haciéndote sucumbir de risa, enojo, o una combinación de ambas (véase: Dumbland). Sí, una toma de dos minutos de alguien barriendo se siente como una broma pesada (“Part 7”), pero mientras la veía por primera vez, no podía despegar mis ojos ni un solo segundo: cualquier cosa podría ocurrir si lo hacía. Durante todo The Return, mis ansias millennials de ver el celular estuvieron completamente ausentes de tan potente que era la inmersión. Es sorprendente decirlo de algo con un ritmo tan lento.

Nuevamente, Twin Peaks compartió emisión con precisamente el tipo de televisión que busca deconstruir, esta vez a una escala más grande, y esta vez emitida el mismo día y antes del mayor fenómeno televisivo de la historia, Game of Thrones. El contraste no puede ser más notable, y la coincidencia no puede ser menos irónica. En un futuro, será imposible no mencionar a la adaptación de George R. R. Martin como parte del panorama al cual The Return formó parte. Muchos se preguntarán cómo fue que tan pocos vieron sus méritos en su momento, y serán llamados hipsters, o el epíteto peyorativo de turno para aquellos que estén dispuestos a degustar algo fuera de lo convencional.

Lynch fuerza a tu cerebro a funcionar diferente. Es parte de su movimiento artístico, tan apegado a la libre asociación, al flujo de ideas, a la no literalidad. Es como escuchar música no reiterativa, improvisacional, después de años de escuchar estructuras bien marcadas que desembocan en coros que podemos predecir. Y si bien parece que no da respuestas, están ahí, en lo que sucede en nuestras narices y buscamos, ingenuamente, forzar: Richard Horne es parte de una nueva generación de abusadores, engendros de una masculinidad tóxica reinante en el corazón de América, junto con Steven, quien está inclinando a Becky hacia el mismo infierno del que tanto le costó salir a su madre Shelly… quien parece estar también haciendo la decisión equivocada, pero el amor no dura por siempre, a menos que te atrevas a dar un paso, como Ben y Norma. Aún después de veinticinco años, puede que no sea tarde.

De cualquier modo, parece que Bobby está bastante satisfecho con haberse convertido en quien es ahora. El personaje adolescente más odioso es ahora una de las autoridades y figuras paternas más responsables y nobles del pueblo. Mientras tanto, el doctor Jacoby es un vloguero político que despotrica contra el sistema y le dice a la gente que lea la etiqueta de los alimentos para ver lo que tienen. Nadine es una fan, y uno de los momentos más dulces de la serie llega cuando se encuentran cara a cara y el primero está impresionado de haber tenido un impacto en alguien que nunca ha visto. No puedo sino sentirse como un comentario de Lynch sobre su propia obra, sobre el ganar consciencia de la influencia que ha tenido en varias generaciones.

Y es que el envejecimiento es un tema que circula por todas estas dieciocho horas. El ejemplo más evidente son las escenas de Catherine Coulson, The Log Lady, cuyo estado de salud y edad no son disimulados sino enarbolados con una gran muestra de coraje de parte de la actriz. Twin Peaks es, en sí, el epítome del éxito mainstream de David Lynch, un pintor y cineasta experimental que por un momento fue cocreador de una sensación televisiva. Regresar al pasado como estaba antes, es imposible. Cooper emerge de la Black Lodge para verse atrapado en la vida de alguien que no es él y sin el pleno uso de sus facultades, un héroe durmiente que tiene que ser arrastrado como un anciano y que en palabras e imágenes recuerda lo que alguna vez fue. Estos segmentos son a veces cómicos, a veces increíblemente conmovedores gracias a la música de Angelo Badalamenti, como en el final de “Part 11”. En vez de darnos al Cooper que conocemos desde un principio, Lynch y Frost deconstruyeron al personaje para reducirlo a su mera esencia de bondad. Mientras el temible Mr. C, su doppelgänger, va por ahí sembrando muerte, todos quienes se encuentran con este Cooper durmiente terminan con sus vidas cambiadas para bien.

También presa del tiempo es Audrey Horne, presente en unos pocos capítulos con la que quizá es la subtrama más inquebrantable del conjunto, casada con un tal Charlie (Clark Middleton), quien la amenaza con “terminar su historia” y que usa, por alguna razón, las mismas ropas que John Justice Wheeler (su interés romántico en la serie original) portó alguna vez. Audrey quiere ir al Roadhouse a encontrarse con su amante, Billy, quien comparte nombre con Billy Zane, el actor que interpretaba a John. En el Roadhouse, Audrey baila como hace veinticinco años, y la irrealidad de la situación sugiere que quizá esas cortinas rojas tras los músicos podrían ser de la Black Lodge; nunca lo sabremos, pero algo estaba mal en Twin Peaks. Y el Agente Cooper tenía que regresar para arreglarlo.

Cuando Cooper vuelve a Twin Peaks en “Part 17” (el penúltimo episodio), es más que evidente que quien no estuvo en sincronía con Lynch y Frost desde un principio se sentirá estafado. El icónico cartel que da la bienvenida al pueblo se ve solo por un fugaz instante; lo que le sigue es el clímax y final feliz de toda la serie, una improbable lucha a puñetazos entre BOB y un héroe igual de improbable (Freddie Sykes, interpretado por el youtuber Jake Wardle), rodeados por todos los personajes viejos y nuevos con los que nos hemos encariñado. La cara sobreimpuesta y transparentada de Cooper roba el momento de catarsis, como el reflejo del espectador en la pantalla, cuestionándose la realidad misma de lo que está viendo.

“¿Quién es el soñador?” es una de las preguntas que más vueltas ha dado por la cabeza de todo quien ha decidido emprender este viaje junto con Frost y Lynch. En “Part 14” se sugiere que el mundo onírico de los personajes de la serie es nuestra realidad, con un Gordon Cole soñando con Monica Belucci (amiga de David Lynch) tomando café justo al  lado de una galería del cineasta en la vida real. Es uno de los momentos más inquietantes y aterradores conceptualmente, amenazando la cuarta pared al igual que el gran giro de Audrey en “Part 16”, pero uno que bien podría dejarnos en claro la más importante de las respuestas: el soñador somos nosotros, al darle vida propia a un mundo ficticio.

Twin Peaks es la saga representativa de David Lynch y, con The Return, ha creado el magnum opus que mejor sintetiza todos los aspectos de su obra y los empuja a niveles aún más extremos; tan bien, de hecho, que recuerda a otras obras maestras tardías, como Blackstar de David Bowie (“quien ya no existe, al menos no en el sentido normal” dice el personaje de Lynch sobre Phillip Jeffries, interpretado por Bowie en Fire Walk with Me). Esto no es por sugerir que Lynch esté enfermo o algo por el estilo, pero si esta es su despedida del cine/televisión, representa perfectamente quien es como autor, y gira alrededor de quizá su más primordial fascinación: el sueño.

El final, “Part 18”, es otro de un buen manojo de episodios aquí que están destinados a formar parte de los clásicos del medio. Ciertamente, será uno de los finales más discutidos de la historia. Un narrador más convencional hubiera cerrado la historia con “Part 17”, pero aquí Lynch le da al rescate de Laura un giro órfico y manda a nuestro héroe a una realidad paralela, donde (a pesar de haberse convertido, aparentemente, en otra persona) prosigue con su misión (Leland en la sala roja: “find Laura”). El duelo que esperábamos con Judy (el ente de extrema negatividad que dio nacimiento a BOB) no ocurre a puñetazos, sino como una prueba de ingenio. Cooper (ahora en la piel de un tal Richard) regresa a Laura (ahora en la piel de una tal Carrie Page) a su casa en Twin Peaks, pero ella no reconoce nada. La realidad parece engañosa, los nombres están mezclados; es como una pesadilla. ¿Será la pesadilla donde Judy intentó atrapar a Laura cuando Cooper intentó rescatarla?

Con un último grito de Sheryl Lee, de eco estremecedor, la saga de Twin Peaks termina con las luces de la casa Palmer apagándose y el distante sonido del grito del llamado de Sarah Palmer para que su hija despierte. Cooper hizo que recordara quien era al cuestionar la realidad con una sola pregunta: “What year is this?”. ¿Laura despertará, viva, en casa de sus papás? Si este es un final feliz o triste, optimista o pesimista, depende más que nada de la visión de la vida o interpretación que cada uno de nosotros quiera darle. Es un final abierto bastante pensado que, en vez de indicar pereza de los creadores, es lo suficientemente complejo como para permitir que la esencia de cada persona lo tiña del color que uno quiera.

Y qué más va a querer pensar este autor, quien considera a Dale Cooper su héroe favorito de ficción debido a su innata bondad, si bien no perfección. Cooper no está desprovisto de oscuridad, su fuerte determinación prácticamente dándole nacimiento a su doppelgänger y definiéndolo por completo (“I don’t need, I want“). Es aquí cuando finalmente llegue a una interpretación de un símbolo predilecto de Lynch en toda su obra y en Twin Peaks: el fuego. Es, sin lugar a dudas, maldad, como explica Hawk a Frank Truman. ¿Entonces por qué tiene que caminar contigo?

Porque no hay otra manera. “The horse is the white of the eye, and dark within”. En este extenso, complejo, inquebrantable cuento sobre cielo e infierno, ángeles y demonios, policías y criminales, y hombres buenos y malos, está la idea primordial, atemporal, del ying y el yang, el bien y el mal. Y quizás no, quizás Cooper no salvó a Laura al final, y fueron expelidos hacia otra dimensión donde tienen que pasar otra prueba; quizá Judy es inderrotable, pues es el concepto mismo del mal que sigue vivo generación a generación, creando maridos violentos y criminales sádicos.

Pero Cooper, así su bondad sea  ingenua y fútil en el gran orden de las cosas, nunca dejará de intentarlo. Porque luchar por Laura Palmer lo vale. The Fireman y Srita. Dido, esos entes divinos en eterna guerra con Judy, la crearon no como una mesías que derrotaría al mal de una vez por todas, sino como un símbolo. Ese orbe dorado es la esperanza de que las cosas pueden cambiar. Y vale cada lucha eterna, cíclica, intergeneracional, desgastante, escheriana y surreal que te puedas imaginar.

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TWIN PEAKS

David Lynch

Mark Frost

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