Star Trek: Discovery T1E7 “Magic To Make the Sanest Man Go Mad” (2017)

3.5

Desde los primeros minutos de esta sesión semanal de Star Trek me llegó una sonrisa de relajación al rostro: vaya, la tripulación está teniendo una fiesta. Realmente me estaba empezando a preguntar como es que todos mantenían la cordura entre tantas caras rancias por la guerra. Esta historia arranca con una narración en primera persona de Burnham, donde se refiere al Discovery como una nave bélica, pero la celebración que vemos después nos recuerda que todos estos personajes —que tan hostiles y distanciados de la protagonista parecían al prinicipio— son también personas que han sido arrastradas a una situación en la que no tienen nada qué ver, y que Burnham tiene que hacer un esfuerzo por integrarse a ellos y, esperamos, algún día regresarle al Discovery su propósito científico.

Si algo queda claro con este capítulo, es que hasta ahora, Discovery ha sido una experiencia serial y no episódica; no es sino hasta que llegan grandes episodios como este, que vemos que todo lo anterior ha valido la pena, así en el momento haya parecido desagradable o confuso. El recurso del bucle temporal es aquí usado como una metáfora para la reintegración, para una corrección: esta es una Star Trek que decidió empezar con su universo y su protagonista destrozados, y la única manera de arreglarlo es no escapando de su humanidad. En la primera vuelta que vemos, Michael —quien se rehúsa a la interacción— es “salvada” de interactuar con su crush, Tyler, cuando son llamados al gabinete.

Se topan con un Stamets desesperado, casi salido de sí, pero lo ignoran y hacen lo que tienen que hacer: salvar a una ballena del espacio en peligro de extinción. Sin problema alguno la teletransportan adentro y, de repente, de ella emerge Harry Mudd (el viejo antagonista que apareció por primera en el sexto episodio de la serie original) para secuestrar la nave. Pero algo en su plan falla, todo explota, y los 30 minutos se repiten para todos.

Las únicas personas con conocimiento del bucle y recuerdos intactos son el propio Mudd y Stamets, quien posee una consciencia expandida por haber mezclado su ADN con el del tardígrado. Desconocemos si esto le traerá consecuencias negativas en un futuro pero por el momento, ha hecho que salve el día: este es el episodio de Stamets, un Anthony Rapp que ya se puede ir postulando como alguien tan simpático como un McCoy. Mientras tanto, Rainn Wilson como el viejo Mudd es un villano odioso, memorable y sí, algo ridículo, como debe ser.

La resolución es también algo caricaturesca, con Stamets forzándolo a una escapada romántica, cosa que (sobre todo si no conoces el canon de la serie) puede parecer un deus ex machina. Pero después de eso suena, por primera vez, el riff musical de Star Trek, y dices: ¿es que acaso no era así la serie original? Episodios con buenos conceptos donde varios personajes logran inyectar de drama a los pasillos de una nave. Los bucles temporales son algo ya muy visto, pero bien hechos son muy emocionantes, y este episodio lo tiene todo (destaca la efectiva edición). Por primera vez no he querido despegar los ojos de la pantalla con Star Trek: Discovery.

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