Doctor Who: “Twice Upon a Time” (2017)

3.0

Mientras más pienso en “Twice Upon a Time”, más me gusta. Contrario a la gran mayoría de episodios (y sobre todo, de especiales), este opta por la discreción, el minimalismo. Incluso hay un giro de tuerca en el que el Doctor se da cuenta de que no hay un plan maligno qué combatir, y no sabe qué hacer. Porque no hay nada qué hacer que no sea aceptar el cambio. Esta Navidad, Moffat y Capaldi nos regalan un estudio de personaje para despedir la más reciente era de una de las más largas y queridas series de ciencia ficción, la oportunidad perfecta para reflexionar sobre qué es lo que hace que valga la pena que el espectáculo continúe.

Así que sí, las cosas se ponen un poco meta. Sin un enemigo, el “antagonista” de la trama es la idea opresiva del futuro. Comúnmente, lo que todo mundo piensa al hacer una retrospectiva personal es ¿qué hubiera pasado si hubiera hecho x diferente? Esta historia nos muestra una inversión, con el Doceavo Doctor encontrándose con el Primer Doctor (David Bradley), también cansado y negándose a la regeneración. Gracias a una fuerza alienígena, ve segmentos de sus futuras aventuras, lo cual lo abruma, pero también lo hace comprender que incontables vidas se perderán si decide morir y descansar.

El dilema del Doceavo Doctor es el mismo, salvo que no puede ver su futuro. Así, lo que empezó como una simple táctica para justificar un cambio de actor y poder continuar el programa, se vuelve una metáfora: a lo largo del tiempo somos personas distintas, y a la vez la misma. Aquí ello se encuentra en el perturbador contraste del sexismo de la época del Primer Doctor, que avergüenza fuertemente al Doceavo. Esos momentos en los que el show alude a sus errores pasados a expensas del Primer Doctor a veces cruzan la línea (y hacen que el magnífico David Bradley caiga en su estereotipo de viejo cascarrabias) con un comentario que ni de joda William Hartnell hubiera emitido (dicho sea de paso, Star Trek tiene más pecados del pasado), pero son en aras de este comentario, para bien o para mal. Tanto el personaje como el programa (al igual que muchos fans) son progresistas, pero aún así se nos dice que hasta lo que desde un principio ha sido humanista no está exento de cometer errores. Se trata no de pureza, sino de evolución.

Vayamos a aspectos más literales. ¿Por qué los Doctores podían mirar escenas de episodios pasados? ¿Por qué Bill Potts (Pearl Mackie) está en este capítulo? Bien, por otra de las enredadas explicaciones que no son poco comunes en el show. Aparentemente, en New Earth hay una tecnología llamada Testimony, una inteligencia artificial que resguarda los recuerdos de la gente antes de morir y los coloca en cuerpos nuevos hechos de cristal. Es tétrico, incoherente (¿no habría tenido consecuencias a gran escala en otros episodios?) y únicamente sirve para que el drama funcione, pero no excede el nivel básico de suspension of disbelief que estamos dispuestos a darle a Doctor Who. Es un placer ver de nuevo a Bill, maravilloso como logró que nos encariñáramos tanto con ella con tan solo una temporada. Uno se sorprende de que Moffat, amante de los retcons y los flashbacks, no haya metido a Amy, a Rory, y se haya limitado a un breve cameo de Clara, aparición extrañamente conmovedora tomando en cuenta su pésimo manejo inicial como personaje (y como no amar como Capaldi pronuncia su nombre: “Cuh-laagh-a!“).

Gente de cristal aparte, el conteo de personajes nos deja con prácticamente un solo hombre (el Doctor, en ambas encarnaciones), sus recuerdos, y un visitante: un capitán de la Primera Guerra Mundial, interpretado por Mark Gattis. Gatiss tiene el don de aparecer mágicamente en prácticamente cualquier serie “nerd”, ni siquiera limitada a Reino Unido (salió en Game of Thrones como el emisario del Banco de Hierro), pero es natural que se quiera despedir aquí. Su arco funciona, con un pequeño drama de estar al filo de la muerte para ser salvado por un milagro (la Tregua de Navidad de 1914) que no fue obra de ninguna fuerza alienígena, sino de los propios seres humanos.

Es esta idea esencial en Doctor Who, la de la bondad humana, la que propele al show, y la que motiva a Capaldi a dar un último monólogo antes de su regeneración. En él, reconoce que la lucha por el bien nunca se detiene (algo que también tomó por sorpresa al soldado de Gatiss, cuando anteriormente escucha al Doctor llamar Primera Guerra Mundial a lo que él creía que era “la guerra para terminar todas las guerras”). Este soliloquio tampoco puede evitar leerse un poco meta, pues es un resumen de los valores del Doctor consolidados en la era Moffat (“¡siempre amable!”), incluso mencionando que quienes pueden escuchar el nombre del Doctor son los niños; naturalmente, es un show infantil, sin importar cuanto queramos apropiarlo para nuestras guerras nerds, y sus mensajes sirven más que nada para los niños. En ese sentido, una mujer en el protagónico servirá muchísimo.

Sí, lo sé, esto es pura dimensión social y no hemos visto a Jodie Whittaker abrazando el rol, pero es difícil no amarla desde ya al escuchar su impecable “oh BRILLIAH!“. A fin de cuentas, lo que hace a un Doctor no es el género, sino el qué tan bien le salga la cara de “he vivido por más de dos mil años pero tengo cinco, emocionalmente”. Y a Whittaker le sale de maravilla.

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