The Kid (1921)

4.0

The Kid comienza con la leyenda “a picture with a smile — and perhaps a tear” (“una película con una sonrisa, y quizá una lágrima”) y, entre eso y el típico “¡te vas a reír, vas a llorar!” que te diría un amigo al recomendarte una película, hay una línea muy fina. Son las dos cosas que la mayoría busca en el cine, la experiencia “feel good”. La vida no es monótona, ni siempre solemne ni siempre jubilosa, y quizá eso nos hace conectar más fuerte (o más colectivamente) con las dramedias, con ese punto medio, antes que con cualquiera de los dos extremos.

También es probable que todos hayamos tenido una experiencia como protector. No solo los adultos: aún el niño chiquito que juega con un perro callejero, implora a sus padres quedárselo, y llora cuando se rehúsan. Yo aún recuerdo mi llanto eterno tras la muerte de un pajarillo herido que me encontré en mi patio e intenté cuidar. Tu podrás recordar una que otra anécdota similar, a menos que seas un cubo de hielo desalmado. Esta dimensión psicológica explica el impacto universal de The Kid y todas las historias que ha influenciado y, aunque nuevas generaciones quizá sean más familiares con E.T. Hachi, la fórmula es la misma. Somos seres que desarrollan apegos, y aludir a eso es de lo más fuerte que puedes hacer en celuloide.

Este es el epítome de una obra con alma. Es el primer largometraje de Charles Chaplin tras más de una era de cortos, con la sombra de la pérdida de su hijo de tres años sobre la producción, con esa vulnerabilidad filtrándose entre las bromas, las cuales no aparecen hasta ya bien entrada la trama, tras un cuidadoso establecimiento de los personajes. La madre (Edna Purviance) deja a su bebé en el carro de unos ricos, es robado, y el crío es descubierto por el vagabundo (The Tramp, conocido en español como Charlot), introducido desde la lejanía, caminando hacia nosotros en la toma con su característico bamboleo. Es un pobre con la sensibilidad de un dandy, elegante y ante todo, de buen corazón antes que mañoso. Manifiesto de clase si los hay. La gente pobre en las películas de Chaplin es, por lo general, bastante agradable; las autoridades son otra historia. Van de lo antagónico pero comprensible, como los policías, hasta el total desapego, como los empleados del orfanato que más tarde vendrán a llevarse al pequeño, a quien Charlot bautiza como John.

No hay que adelantarnos. Para que todo eso funcione, la película se asegura de que las imágenes se vayan acumulando en nuestra cabeza. El vagabundo cuidando al bebé, comiendo hot cakes con el niño cinco más tarde. La fotografía de Rollie Totheroh no es nada petulante y prefiere respetar la privacidad de esas escenas. Poco a poco el humor viene. El niño aprende a estafar, tiene una pelea callejera en la que involucra a su papá adoptivo con un grandulón (vienen a mi mente infinitas variaciones de esto en caricaturas y comedias modernas), y nunca falla en ser encantador. El joven Jackie Coogan se luce porque Chaplin lo dirige de manera que no ofusca su naturalidad infantil. Un ambiente agradable es primordial. Tener a tu verdadero padre de compañía en el set también debe ser de mucha ayuda para fingir que alguien más lo es; ¿el hombre que intenta robar de los bosillos de Charlot en la posada? Coogan Sr., a su servicio.

Y bien, entonces llega, ese momento en el que te das cuenta de que sin importar con cuanta fatuidad del cine actual hayas sido bombardeado, la magia es atemporal. En talleres de apreciación cinematográfica, me ha tocado ver como la escena de la separación de Chaplin y Coogan provoca sollozos, aún sin contexto. Es un triunfo del lenguaje cinematográfico durante sus primeras décadas. La remasterización, con música original compuesta por Chaplin, solo añade más pathos: los bajos en “The Orphan Asylum/Rooftop Chase”, de contrapunto a los dulzones violines y trompetas, con motivos cortos y pegajosos, se quedan por siempre en la memoria. John Williams haría una carrera entera con eso. La escena onírica, por su parte, es el tipo de surrealismo en comedias que se ve, por ejemplo, en el mundo de fantasía al que entra por un momento Tom en (500) Days of Summer.

Charles Chaplin hizo The Kid ya con su propio estudio y un contrato nuevo con la productora The First National; era una máquina perfeccionista, por lo que la filmación y edición se demoró y hubo problemas al abandonar los cortometrajes; por suerte, eventualmente se empleó su larga duración para publicidad: 6 reels of joy (seis rollos de alegría). Es gracias a esta entrega que hoy en día existen tantas películas con una sonrisa y quizá una lágrima también, y The Kid viven en todas ellas.

CC_The_Kid_1921

The Kid

El chico

Año: 1921
Duración: 1 hora 8 minutos
País: Estados Unidos
Dirección y guion: Charles Chaplin
Música (versión restaurada): Charles Chaplin
Fotografía: Rollie Totheroh
Reparto:
Charles Chaplin
Jackie Coogan
Edna Purviance
Carl Miller
Tom Wilson
Henry Bergman
Lita Grey
Productora:
Charles Chaplin Productions
First National Picture

 

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