Gone with the Wind (1939)

4.0

Gone with the Wind es el romance épico definitivo, la unión infalible de emotividad y producción maximalista que resulta en todo hit desde aquí hasta Titanic 58 años más tarde. Hay un gran pero: no es la historia de dos amantes incondicionales que al final terminan juntos… bueno sí, pero no se siente tan bien como esperas. Quitémoslo de en medio de una vez para los que no la han visto: Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) y Rhett Butler (Clark Gable) no son precisamente agradables. Qué va, son unos bastardos que se merecen el uno al otro.

Por más que ahora asociemos un póster con dos personas casi besándose con una experiencia “feel good”, la realidad es que Gone with the Wind es una de las obras maestras más pesadas de ver de la historia, el equivalente a un gordo tomo clásico cuya lectura siempre pospones (y qué apropiado, porque está basada en una novela por Margaret Mitchell que es precisamente eso). Ah, y también está el racismo. Aquí se recuerda con añoranza a la América esclavista de los Estados Confederados como un equivalente al medioevo, con princesas, príncipes, magia, castillos, galantería, clase; un paraíso, pues. Si eras blanco y rico, claro. No, no es ninguna lectura mía jalada de los pelos, literalmente comienza con esto:

“There was a land of Cavaliers and Cotton Fields called the Old South. Here in this pretty world, Gallantry took its last bow. Here was the last ever to be seen of Knights and their Ladies Fair, of Master and of Slave. Look for it only in books, for it is no more than a dream remembered, a Civilization gone with the wind.”

“Había una tierra de caballeros y campos de algodón llamada el Viejo Sur. Aquí en este bello mundo, la galantería dio su última reverencia. Aquí se vislumbró por última vez a los caballeros y a sus buenas damas, al amo y al esclavo. Buscadlo solo en libros, porque no es ya más que un sueño recordado, una Civilización que se fue con el viento…”

Pero qué asco me da pensar en gente en el cine conmovida o aplaudiendo; aún a la fecha debe haberla. En fin: sí, no ha envejecido muy bien. Pero si podemos darle un pase y admitir a The Birth of a Nation Triumph of the Will como trabajos seminales, con más facilidad todavía a Gone with the Wind, que tiene a la Guerra Civil como trasfondo para la evolución de Scarlett O’Hara de jovencilla de clase alta, hija de dueños de plantación, a mujer moderna, luchadora y emprendedora; de aquí a las fieras empoderadas de Game of Thrones en un mundo retrógrado, no hay tantos pasos.

Claro, al final recibe su “merecido” en un momento tan cruel pero tan celebrado que será confuso para las sensibilidades modernas: Butler literalmente la manda al diablo tras que su vida juntos se desmorona en la sucesión de tragedias más cínica jamás rodada. Hay momentos aquí que se rigen por la regla de telenovela de que todo lo que puede salir mal saldrá mal, y dirigidos con la misma tendencia a la comedia involuntaria; si tienes la coraza dura para los momentos de racismo y sexismo, bueno, tu escudo podría caer con lo menos pernicioso: una buena risa.

A Gone with the Wind conviene concebirla como un “period film” más que como un romance, pues es casi seguro de que la descartes como arcaica si te centras en ese aspecto. Es el Bildungsroman de una mujer y, en esa dimensión psicológica, es mucho más satisfactoria. En ningún momento la Scarlett de Leigh parece menos que un ser real, de carne y hueso, al otro lado de la pantalla. El Rhett Butler de Gable, por su parte, es menos brillante pero ayudó a establecer al arquetipo del hombre peligroso y atractivo que ahora vemos en las novelas young adult como Fifty Shades of Grey. Pero Butler existe también en función de Scarlett, como la alternativa más carnal, liberadora, a la gente con la que se supone (y ella misma cree) que debería desposar. Ocurre un desastre, pero es al menos uno que ella deseaba. Impacta lo sexual que puede llegar a ser para la época, con un intercambio entre los dos que es moderno salvo el cambio de la palabra “kissed” por… otra (“deberías ser besada, y a menudo, y por un hombre que sepa cómo”).

Todo culmina en la lección de que lo que realmente importa es la tierra, el hogar, a donde uno pertenece. Es por supuesto, una excusa manipuladora de derechas, pero no podemos evitar sentirnos bien por Scarlett, determinada a seguir adelante. Termina con la misma toma de un crepúsculo arrebolado y el contraste negro y naranja, algo tan precioso al principio que nos da la energía para chutarnos las cuatro horas de película que, por suerte, nos brindan muchas más imágenes memorables, tanto en interores como en exteriores, tanto en lujos, cortinas y colores como en infiernos bélicos y desolación.

Gone with the Wind no pasa como un rayo, pero tampoco es aburrida. En teoría, como adaptación, se podrían haber cortado momentos donde “no pasa nada”, o vemos solo a los personajes explayarse. Pero si hicieras un fan edit, se perdería la esencia. Las épicas poseen esos momentos para que se apile todo en tu mente y al final el resultado sea atronador, algo que, sin dudas, esta logra. Su última hora es uno de los dramas más aplastantes y hasta tétricos que existen, con escenas que bordan el terror psicológico con un Gable celoso y una Leigh ya al borde. Además, perderías un sinnúmero de composiciones y diálogos de una película donde cada momento es famoso.

Es perfectamente entendible si no te quedan ganas de ver Gone with the Wind más de una vez, pues es lo peor y lo mejor que un clásico puede llegar a ser: un despliegue odioso de su época, y una muestra de la potencia que puede tener un Hollywood creativo y desatado, con una puesta en escena increíble y protagónicos con tanta química que hasta te dan el aire de tener algo en la vida real. Como cine, eso ya por sí solo es misión cumplida.

gonewindposter

Gone with the Wind

Lo que el viento se llevó

Victor Fleming

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