Nosferatu

4.0

Se dice que “nosferatu” viene del rumano “nesuferitu”, que significa “el repugnante”. También se baraja un posible origen griego, “nosophoros”, que significa “infeccioso”. En cualquier caso, el resultado es el mismo: podredumbre. “Nosferatu” no te asusta en el sentido actual de hacerte gritar, pero al terminarla, te quedas con las imágenes del Conde Orlok grabadas al rojo, y es porque transmite esa esencia de corrupción en cada escena: estética, moral, sexual.

Esta es la historia quintaesencial del vampiro que se ve hasta en las parodias de las caricaturas. En 1838, en el pueblo alemán de Bremen, el agente de bienes raíces Johannes Hutter viaja a Transilvania para venderle un edificio al Conde Orlok. Durante el viaje, es estúpidamente ciego ante el obvio embrujo del lugar. Es un desfile de “¡ah, ya he visto ese momento antes!”: los pueblerinos se quedan mudos ante la mención del conde, un lobo aúlla, el cochero ya no quiere llevar más allá del puente al protagonista.

A diferencia de “Caligari”, Murnau no crea un otromundo lunático sino que vuelve a este aterrador con pequeños quiebres en la realidad: cuando ves como de la nada saca una toma en negativo del carro que lleva a Hutter al castillo, y que avanza en stop motion (así como el Conde más tarde), como apareciendo y desapareciendo, el resultado es una punzada de intranquilidad, producto de una movilidad irregular, inhumana, como una especie de valle inquietante motriz. Un par de montajes son un golpe de modernidad: la noche pesadillesca de Hutter en el castillo intercalada con una noche de sonambulismo de su esposa Ellen (Greta Schröder), y el posterior escape de Hutter intercalado con el viaje de Orlok por mar hacia Bremen.

“Nosferatu” iba a ser una adaptación de “Drácula” de Bram Stoker, pero se beneficia por no serlo. Como dijo Roger Ebert: “Di Dracula y sonreirás. Di Nosferatu y te habrás comido un limón”. El vampiro de Max Schreck no es elegante ni sexy, es un animal, una rata gigante. Jorobado, con garras enormes, dientes prominentes, cejas como cuernos y orejas de duende. Una imagen tan turbadora que cuando llega la escena más famosa con su sombra subiendo por la escalera, los segundos se sienten eternos.

El final podría parecer anticlimático, pero aquí nació lo del vampiro muriendo por la luz del sol; originalmente, solo lo debilitaba. El pobre Nosferatu quedó demasiado ensimismado con la “bella garganta” de Ellen para darse cuenta del amanecer. Un castigo para un violador, muy en la línea del subtexto de la novela sobre enfermades venéreas. Es una película bastante jodida, rica en imágenes jodidas. La primera vez que la vi, caí en el limbo entre el sueño y la vigilia —ese tan buscado por los surrealistas— y una toma de ratas emergiendo del féretro del vampiro se transformó en rostros demoníacos licuándose entre las grietas. En el momento no lo dudé: mi terrorífica alucinación estaba completamente en sincronía con el espíritu de la película.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (1922)

F. W. Murnau

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