A Quiet Place (2018)

3.5

Los primeros minutos de “A Quiet Place” llevaron a mi mente uno de los clichés más jocosos del poeta novato: el oxímoron del silencio atronador. Cuando por fin escuchamos el correr de un río, es como si todos los sentidos a la vez despertaran. Un sonido que en cualquier película de verano no es nada, tapado con otras mil capas de ruido proveniente de gritos y explosiones. Es como empezar a usar tapones y luego descubrir qué tan fuerte es en realidad un claxon. El efecto es poner atento al más escandaloso. Cuando conocemos a los Abott, están hurgando una tienda de abarrotes —como cualquier otra familia de posapocalipsis— y la audiencia seguía terminando de checar su celular o de discutir con sus parejas. Cuando uno de los niños hace un movimiento súbito para evitar que otro haga un ruido al dejar caer un juguete, todos los ojos se plantan en la pantalla y un gasp general es audible.

Durante la hora y media restante, nadie salió de ese estado. Aprendemos, por las malas, que la humanidad ha quedado desolada por monstruos que cazan mediante el sonido. El menor de los Abott, Beau (Cade Woodward), es la primera baja en la familia. Un año después, aún cuelga esa sensación de pérdida en la granja donde se han asentado. En los padres, Lee y Evelyn (Emily Blunt), está intensificada por no haber podido proteger al pequeño; en la joven Regan, por haberle proporcionado a su hermanito el juguete de pilas que atrajo su fin. La actriz, Millicent Simmonds, es sorda en la vida real, pero no reside ahí lo convincente que es. Sus gesticulaciones y lenguaje corporal transmiten el trauma; cuando rechaza a su padre en una escena, los manotazos que da son tan exactos a haberle fallado a un niño pequeño que duele el corazón.

El director John Krasinski interpreta a Lee, y no puede estar más lejos de Jim Halpert. Exuda temple y luce un semblante arrugado entrecubierto por barba. Es la figura que despierta algo en un hombre, el deseo de tener algún día ese capacidad de planeación y —hasta cierto punto— control de las circunstancias. Uno piensa que hubiera muerto en los primeros días del apocalipsis de haber estado en su lugar. Es un ideal tradicionalista, al igual que el de la madre, tan completamente devota a su rol de dadora de vida que está esperando a un nuevo hijo, la peor idea posible en un mundo donde hasta un mapache muere en dos segundos por hacer ruido entre la hojarasca. Es una dicotomía conservadora y marcada, pero va un poco más allá. Más allá de sobrevivir y hacia el vivir, preservar la especie y seguir teniendo algo por lo qué luchar. Y como “10 Cloverfield Lane”, el final manifiesta ese espíritu con el equilibrio perfecto entre esperanza y las cruentas condenas a los personajes que el género impone.

A menudo, se habla de buenas entregas de horror de manera condescendiente al decir que trascienden su género. No podría estar más en desacuerdo: si algo hacen “The Babadook”, “The Witch”, “Get Out” y la que nos concierne, es abrazar el horror. Lidian con las mismas emociones que un drama y tienen conceptos ingeniosos. Es lo que hacen los guionistas de “Doctor Who” en modo suspense: sacar tensión de lo sensorial, inhibiendo necesidades fisiológicas y psicológicas (“Don’t Blink”, “Silence in the Library”, “Listen”). Es jugar con la necesidad de Orfeo de mirar hacia atrás.

¿Se nos acabarán los sentidos para sacar estas ideas? ¿Se hará obsoleto nuevamente el horror? No tenía mucho tiempo para preguntármelo. La edición nunca te permite salir del trance. No hay un solo segundo desperdiciado, y estamos alternándonos entre lo que hacen los niños, lo que hace el papá, y el parto más tenso que he visto en pantalla, con Evelyn intentando dar a luz en una casa asediada por un monstruo. Es también un parto imposiblemente breve, pero hay que suspender la incredulidad para darle cierta ventaja a los personajes o la película terminaría en un santiamén. Los oídos de las criaturas, agujeros enormes, venosos y cavernosos, ciertamente lucen capaces de escuchar pequeñas respiraciones. Abren su exoesqueleto segmentado y dejan ver músculos rosas y elásticos en sus caras. Es un diseño atractivo y humanoide, como de ilustrador de internet con una fijación con el manga de horror. El hombre responsable es Jeffrey Beecroft, responsable también de la producción de las últimas dos “Transformers”. Ojalá siga consiguiendo mejores gigs.

El origen de estas criaturas nunca es explicado. No sabemos si vienen del hibris humano debido al cambio climático, las pruebas nucleares, la experimentación genética, o si simplemente salieron de las entrañas de la tierra. Explicarlos añadiría temáticas innecesarias, fuera de lo circunscrito. Y esta es una película perfectamente enfocada y ejecutada. Uno se pregunta qué tan más lejos hubiera llegado con algo más de experimentación. A veces la banda sonora de Marco Beltrami (funcional, pero lo más genérico y contemporáneo de la película) intruye para intensificar sustos. Lo hace bien, pero hubiera sido interesante ver un corte más comprometido con el concepto. Quizá hubiera sido mucho para algunos espectadores, y por lo que noté al salir de la sala, muchos salieron complacidos. Eso es un aporte en sí mismo.

A Quiet Place

John Krasinski

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