Cine

The Eternal Jew (1940)

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En “La guía perversa de la ideología” de Slavoj Zizek, el filósofo esloveno baraja lecturas políticas de “Jaws”, una de ellas con el tiburón como el agente externo que llega a invadir y corromper el orden nacional, la narrativa fascista donde se engloba una plétora de desigualdades inherentes al sistema en un solo culpable. Así comienzan las propagandas antiinmigrantes, el cierre de fronteras, y aberraciones como “El judío eterno”, el pseudodocumental de Fritz Hippler.

El 9 y 10 de noviembre de 1938, la SA y las Juventudes Hitlerianas arremetieron contra cientos de establecimientos y hogares judíos a lo largo de Austria y Alemania utilizando como excusa un supuesto complot judío que resultó en el asesinato del diplomático alemán Ernst vom Rath. El régimen sufrío desaprobación local e internacional gracias a esta Kristallnacth (noche de los cristales rotos), así que Hitler y Goebbels terminaron discutiendo como lograr que el pueblo mismo exigiera violencia contra los judíos.

Hitler quería una película donde se les calumniara explícitamente. Goebbels optaba por algo más sutil y subtextual, enmarcado por una historia entretenida.

No se necesita ser un genio para saber qué es lo que la gente prefiere ver, así que “El judío eterno” fue un fracaso en taquilla mientras que el drama de época “Jud Süß” —que poseía el enfoque preferido por Goebbels— fue un éxito. Nadie quería ver una aburrida presentación sin ninguna virtud cinematográfica notable. No es como “El triunfo de la voluntad”, que al menos tiene la reputación de su fotografía. “El judío eterno” es vil hasta la médula y mediocre hasta en lo más superficial, mentira tras mentira donde el único metraje original consta de recreaciones risibles de judíos haciendo negocios sucios.

Y de todos modos puedes encontrar apología en la caja de comentarios de YouTube. Hay quienes prefieren seguir creyendo en el tiburón aún después de décadas de evidencia de que el nazismo construía miedos raciales a partir de pseudociencias. De hecho, aquí tienen la osadía de llamar pseudocientífico a Einstein. Bajo qué reveladora evidencia, quién sabe. Otra víctima del doblepensamiento nazi es Chaplin, llamado judío por haber hecho “El gran dictador”.

Esta lógica de preescolar (“¡tú judío! ¡judío tú también!”) es divertida hasta que recuerdas que resultó en genocidio. Todo lo diferente o fuera de su comprensión es degenerado en automático, desde el arte abstracto hasta tener piel café, algo aún vivo en las alas de extrema derecha del siglo XXI dentro y fuera de internet.

El nazismo es paradójico y paraniode, frágil a la vez que férreo, arrogante a la vez que vulnerable. Una crítica contemporánea en el diario nazi Unser Wille und Weg decía: “Uno tiene una profunda sensación de salvación después de ver esta película. Hemos roto su poder sobre nosotros”. Já. Corte irónico a cinco años más tarde. Quizá el máximo consuelo es que siempre van a perder.

Der ewige Jude

Fritz Hippler

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