The Birth of a Nation (1915)

4.0

“El nacimiento de una nación” no es una película de mierda, es una película mierdas. Hay una clara diferencia. Hacerle frente al hecho de que tu gusto por un filme muchas veces no se empalma con tu juicio sobre su calidad es una parte inevitable en la vida de todo cinéfilo que haga el mínimo de reflexión sobre lo que ve, y se interese por como se hace. Este clásico de D. W. Griffith es una de las visiones obligatorias para los estudiantes de cine y, como ocurre muchas veces con esas obras que las escuelas vuelven tarea, es mucho más gratificante explorarlas por interés propio, sobre todo cuando se trata de estas películas geniales pero malignas, como “El triunfo de la voluntad”.

Y “Nacimiento” es inequívocamente maligna, desde su génesis hasta su repercusión, correlacionada con un resurgimiento del Ku Klux Klan el año de su estreno. Está basada en la novela “The Clansman” de Thomas Dixon Jr. , un supremacista blanco y ministro bautista sureño, donde argüía que el KKK había salvado al sur de una tiranía negra. El deseo de Griffith por adaptarla dice muchísimo más que los carteles que añadiría a la introducción de la segunda versión del filme, una perorata melosa sobre que no le temen a la censura y que, por sobre todo, se oponen a los horrores de la guerra. Hoy en día, uno se sorprende de que no hayan empleado el término “corrección política”, pero más tarde leemos “imperio negro” y “minoría blanca indefensa”, entelequias que bien pudieron salir de los risibles y anacrónicos labios de los nazis con internet del siglo XXI.

Antes de llegar a la inevitable parte sobre el ámbito técnico, hay que priorizar la siempre necesaria desmitificación. Declarar que “El nacimiento de una nación” fue la primera película de la historia sería obviamente absurdo para casi todos, pero la adulación por inercia de la crítica más pueril crea mitos. Se dice que fue el primer filme de larga duración, cuando fue “Les Misérables” de 1909, o el primero de amplia distribución comercial, cuando fue “The Story of the Kelly Gang” de 1906. También circula que fue la primera adaptación autorizada de una novela y la primera película hollywoodense, cuando esas fueron “Ramona” y “In Old California”, respectivamente, ambas de 1910. Al menos, el crédito por estas últimas sí le corresponde a D. W. Griffith, y a fin de cuentas, “El nacimiento de una nación” fue mucho más exitosa que todas ellas, ya olvidadas.

El trabajo de Griffith en el caso que nos atañe es más de artesano que pionero, la ejecución idónea por encima de la banalidad de la primera vez. Codificó mejor que nadie técnicas ya existentes. “El nacimiento de una nación” es una película tan estilizada (y taquillera) para su época como lo fue “Avatar” para la primera década del siglo XXI. Sin embargo, es imposible —no solo social sino mentalmente— que recree para espectadores actuales la experiencia inmersiva que alguna vez inspiró: hemos interiorizado sus innovaciones. La edición paralela, aquí usada para crear tensión en persecuciones y yuxtaponer frescos familiares con tomas aéreas de batallas, la vemos en toda película de acción o fantasía. Los close-ups no nos sacuden violentamente y el iris que redirige, imperante, nuestra atención a detalles, se siente normal y gentil. Esto resulta en sentir todo el peso de las tres horas de duración.

Eso sí, la primera mitad es mucho más llevadera. Los trucos de Griffith agrandan la escala de las batallas y hacen que unos cuantos cientos de extras luzcan como millares; Raoul Walsh y su fotógrafo Arthur Edeson emplearían un truco similar para la multiplicación mágica de las tropas en “El ladrón de Bagdad” (1924). La primera parte culmina con una secuencia de suspenso virtuosa que decanta en la inevitable tragedia del asesinato de Lincoln, un augurio de Hitchcock. Las actuaciones son notables, más cercanas al naturalismo que a la pantomima, y curiosas aún en sus caracterizaciones más inquietantes: Mary Alden y George Siegmann interpretan a la ama de llaves Lydia Brown y a Silas Lynch, mulatos que, quizá debido a su mezcla racial, exhiben no solo la pereza, lujuria y vulgaridad de los negros sino tendencias psicópatas. Son retratados como aberraciones casi infernales, el segundo la verdadera mente maestra que busca instaurar el “imperio negro”, y que llega a ser gobernador de Carolina del Sur a base de manipulación. Esto no tiene, por supuesto, ninguna base histórica.

La última hora y media —si bien no posee secuencias tan refinadas— no aminora el ritmo, pero es aún más insoportable debido a la introducción del KKK como los héroes y enmendadores de una joven nación al borde del caos, desunión sembrada en el momento mismo en el que un africano pisó tierras americanas (según la intro del filme). El texto en los carteles aboga por la paz, pero el mensaje palpable es que los negros pueden pasar de ser dóciles y vivarachas mascotas a violadores de un día para otro si se les otorga autonomía. Este pormenor es propio del ala supremacista y su versión edulcolorada del racismo, el “racialismo”, surgido de la idea pseudocientífica de la superioridad innata de la gente blanca. Intenta no restregar los dientes al ver a gente negra legislando mientras come pollo frito y sube los pies descalzos a la mesa. Me gustaría estar bromeando.

Roger Ebert decía que “it’s not what’s about it, it’s how’s about it” para referenciar que el arte puede revelar verdades profundas sirviendo al bien, a la nada (en sus más grandes abstracciones) y, luego, al mal. Este es uno de esos casos: si bien no tiene ápice de realidad histórica, refleja la realidad psicológica de un país con una mancha moral sempiterna. Todos los aspectos del pensamiento ultraconservador que han sobrevivido y resurgido hasta la era Trump están presentes, notablemente el mito del inmigrante violador, en una impactante escena donde una niña blanca, huyendo de un acosador sexual de color, salta de un peñasco hacia su muerte. Uno esperaría que fuera rescatada por el KKK en predecible deus ex machina, pero la película opta por mandar un mensaje de dignidad blanca prevalente a la deshonra de la penetración, literal y metafórica, de un extranjero. “El nacimiento de una nación” es una mentira, pero es una mentira que la gente sigue creyendo, y verla es importante no solo por amor a la artesanía fílmica sino para ganar consciencia de la eterna psique frágil del opresor, condenada al miedo y la paranoia.

The Birth of a Nation

D. W. Griffith

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