The Phantom Carriage (1921)

4.0

“La carreta fantasma” se me figura a una de esas películas que adquieren un sabor particularmente diferente, más matizado y sobrecogedor, con el paso de los años, y no hablo de la historia del cine sino sobre el espectador individual. Bergman debía saberlo mejor que yo, ya que era una de sus visiones anuales obligatorias, y más tarde castearía a su director y actor protagónico Victor Sjöström en “Fresas salvajes” (1957), otra historia sobre la retrospectiva al final de la vida. Quizá no tengo la edad suficiente para apreciar ninguna de las dos en toda su riqueza y pathos, y no quiero: si pudiera, estaría ya cerca de mi muerte.

Pero cualquier alma vieja, por joven que sea, está acostumbrada a percibir cada final de año como un reinicio en la narrativa de la vida. La división no existe en el tiempo más que como una construcción, así que uno aprovecha para implantar un cambio y esperar madurar en el año nuevo. Es como cambiar tus zapatos corroídos por unos nuevos y esperar mantenerlos pulcros al terminar el siguiente maratón. Por supuesto, ello nunca ocurre. La vida es un constante manchar y arreglar. Una analogía similar opera en el corazón de “La carreta fantasma”, una película que toma lugar en la víspera del año nuevo y donde constantemente la hermana Edit del Ejército de Salvación (Astrid Holm) le desea un año nuevo lleno de felicidad al hombre que ama, David Holm (Sjöström), un alcohólico que cambió una vida próspera al lado de su familia por la calle.

Uno se pregunta, desde el principio, por qué Edit, en su lecho de muerte, tiene como vehemente último deseo verlo. A él no le importa, y rechaza al policía que va a su búsqueda. Holm en su lugar está entretenido con sus amigos esperando la medianoche en un cementerio, y les cuenta la historia de como su difunto amigo Georges tenía miedo de morir en una noche como esa pues, según él, quien tuviera tal desventura sería el relevo del conductor de la carreta fantasma, i. e. la muerte, quien nunca descansa de su tarea de cosechar almas y para quien una noche es el equivalente a cien años. Hay algo profundamente aterrador en el prospecto de que el puesto de la parca no sea de un ser sobrenatural sino de un humano, no exactamente similar en concepto pero sí en sensación, a la muerte “que es la nada” de “El séptimo sello”, también de Bergman y estrenada en 1957, al igual que “Fresas salvajes”.

Por supuesto, Holm muere al son de las campanadas cuando es atacado por uno de sus compañeros en una riña ebria. Su amigo Georges, encapuchado y blandiendo una oz, viene por él, no sin antes llevarlo por un viaje dickensiano a través de flashbacks donde Holm es revelado como un personaje vil que busca de los demás satisfacción básica pero no ayuda, y los pequeños detalles de su caracterización, como el arrojar su sombrero y chaqueta al piso sin consideración, dicen más que cualquier episodio violento. Pero cuando los hay, son impactantes. Las escenas, ahora acompañadas de staccatos atonales, de él rompiendo las costuras que la hermana Edit le hizo a su chaqueta rota, o de él invadiendo la habitación de su esposa e hijos arremetiendo contra la puerta con un hacha (ahora popular gracias a “El resplandor”), son el elemento más perturbador de la película y quizás así fue desde su estreno, a pesar de las perfectas superimposiciones del fotógrafo Julius Jaenzon para lograr las transparencias del espíritu de Holm y la muerte.

Por supuesto, también hay redención en sus visitas a su esposa Anna (Hilda Borgström) y a la hermana Edit. Georges le otorga materialidad temporal y su transparencia se opaca de manera impecable, para ser redimido por el toque de empatía de Edit en una escena semejante a una escena religiosa de la Piedad. Edit representa una religiosidad tan pura y basada en la empatía que incluso tiene un atractivo secular. Uno puede ver venir todos estos momentos de catarsis, ya que este no es un thriller sobrenatural sino una parábola, y el ser predecible y reiterativa es una de sus fortalezas. Si Bergman acostumbraba verla anualmente, no sería solo porque lo influyó, sino porque visiones como esta o la más popular “It’s a Wonderful Life” (1964), clásico de las navidades, nos recuerdan al mensaje del diálogo final de esta película: “Señor, deja que mi alma llegue a su madurez antes de ser reclamada”. Es algo implícito en el cine reconocido como el más conmovedor a través de los tiempos, y algo que sentimos en nuestras propias vidas año con año, en los bastiones que empleamos para evaluarnos.

“La carreta fantasma” nos recuerda nuestra finalidad, pero sus personajes suplican a la muerte tiempo solo para seguir conectando con otras personas y teniendo fe en ellas: hace preguntarnos si le tenemos miedo al acto en sí banal de morir, o al no vivir virtuosamente.

Körkarlen

Victor Sjöstöm

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