Greed (1924)

4.0

Un marxista remplazaría el acusativo título de “Avaricia” con el de “Víctimas”.

John McTeague (Gibson Gowland) es un minero de Placer County, California, de madre de buen corazón y padre alcohólico, con una fuerza física que le queda grande a su pueril alma ingenua. Se nos introduce con este contraste: atrapa a un canario entre sus manos, para besarlo, sin malas intenciones; uno de sus colegas hace que lo suelte, y él responde con violencia, arrojándolo por el costado de un riachuelo como si fuera un muñeco de trapo.

McTeague comienza a ejercer como “dentista” tras la llegada de un charlatán al pueblo, entendiendo al oficio como la capacidad para sacar dientes rápidamente, cosa que no le cuesta trabajo siendo un fortachón. Con la bendición de su madre, se marcha a San Francisco en busca de una mejor vida. Intuimos que con el tiempo desarrolla cierta comprensión instintiva y eficaz de la profesión, pero esta no es una historia de “rags to riches” sino una tragedia griega moderna sobre bête humainesnuestra inherente mezquindad. El defecto de John es explícitamente señalado por las title cards como uno innato e incluso de clase, sus únicas aptitudes de provecho las físicas, muy de acuerdo a la visión capitalista de los obreros como músculos remplazables. McTeague es un alma condenada no por su avaricia sino por las estrellas, alguien que en su afán de proteger priva de la libertad a un animalito inocente para luego dominar el encuadre con su mueca ogresca.

La escena del canario es foreshadowing para su relación con Trina Sieppe (ZaSu Pitts), la pareja finalmente representada como macho y hembra canario en una jaula en la oficina de McTeague, permanentemente asediada por un gato. John se hace de la mano de Trina a través de la fuerza y, en el siglo XXI, sus escenas de depredación sexual impactan cual denuncia. La primera gran construcción de tensión —y como buena tragedia, peor resolución posible— es cuando Trina va a consulta con John y este la besa tras dormirla con cloroformo. Igualmente inquietantes son sus exclamaciones de victoria tras una “date-rape”. Aún más vigente, por desgracia, es como la madre de Trina, ‘Mommer’ Sieppe (Silvia Ashton) la culpabiliza de los avances no deseados de John, su señalamiento de que su hija está confundida pero interesada románticamente rayando el gaslighting.

Este entorno de condicionamiento, presión y sugestión de familiares la llevan a desposar a una persona ignorante y poco privilegiada que solo intentó llevar a cabo la fantasía del ascenso social con la que su gente es alimentada. “Echarle muchas ganas” fue su pecado. Al igual que “Metropolis“, “Greed” asume un orden económico impuesto como uno naturalmente establecido, en el cual solo individuos virtuosos de nacimiento pueden manejar bien las tentaciones del dinero y llevar relaciones fructíferas. Aquí estos personajes afortunados son una pareja mayor, Charles M. Grannis (Frank Hayes) y Anastasia Baker (Fanny Midgley), también humildes pero capaces —tras obtener la misma cantidad que manda al diablo a los protagonistas (5 mil dólares)— de vivir felices. Por el otro lado, puedes estar aún más abajo que los McTeague: los chatarreros Maria Macapa (Dale Fuller) y Zerkow (Cesare Gravina), se obsesionan con una supuesta vajilla de oro que vale un millón de dólares y que resulta ser inexistente.

Y aún así, Stroheim se negaba a ver su película como una obra política. De todas las tragedias contenidas y relativas a “Greed”, la más grande es la ceguera idealista de su autor, no solo por querer vender una historia misántropa durante los Roaring 20’s, sino por trabajar únicamente para hacer una obra maestra cuando la película misma sabe que no opera en una utopía. El corte original de nueve horas no tenía la mínima oportunidad de ser proyectado. Aún así, la visión del director resulta increíble tanto en la versión de 2 como de 4 horas, esta última una visión más exigente y potencialmente aburrida debido a las escenas recreadas con stills de producción que le dan el aspecto de una presentación de PowerPoint.

Stroheim estaba cansado de los “éclair” sacarinos que Hollywood le “forzaba a la gente por la garganta” en la posguerra. Siempre ha existido esa queja sobre la banalidad de la industria y la degeneración del séptimo arte, y nunca se irá hasta que el capitalismo se vaya y los McTeagues del mundo tengan oportunidades y podamos mostrar películas de muchas horas a través de varias noches y con intermedios, como era el plan original… o quizá no tenemos que esperar para eso, pues tenemos la televisión.

De entre la docena de críticos y cineastas que asistió a la única proyección del corte completo, el novelista Igwan Jones, el periodista Henry Carr y el director Rex Ingram la reconocieron como la mejor película que jamás hayan visto y que probablemente jamás sería hecha (Ingram era el director favorito de Stroheim, así que resulta lindo imaginar su reacción). Muchos hablaron de como detalles visuales, personajes y escenas aparentemente nimias luego resultan cargar un peso increíble; yo destaco el suspenso absurdo donde McTeague discute con un taquillero sobre los boletos que quiere comprar, probando así su ineptitud para pertenecer a la clase social a la que aspira.

Para alguien con un sitzfleisch particularmente desarrollado, la experiencia de nueve horas debió ser casi como una simulación de haber vivido otras vidas por entero durante la mayor parte de un día, una catarsis titánica para el intelecto apreciativo a la altura de la proeza. Quizá el trabajo actual más análogo a la visión de Stroheim sea “Twin Peaks: The Return” (2017) de David Lynch, una obra maestra del doble de duración de “Greed”, en un limbo entre las series y el cine, con intermedios en forma de créditos de inicio que, al ser eliminados por las plataformas de streaming, nos deja con un flujo narrativo muy cercano al naturalismo, tanto calculado como caótico, que podemos encontrar aquí.

Claramente, Stroheim no tenía en mente al pos, meta o sufijo predilecto de modernismo que nosotros podemos adjudicarle a ese formato. Él quería lograr el equivalente cinematográfico a high art, a un drama épico de condición humana en forma de un grueso volumen de cientos de páginas que se consume en varias sentadas, como “La guerra y la paz” o “Los miserables”. Cuando se concibe un medio nuevo como el contenedor para uno viejo, en este caso cine y literatura, podemos encontrar al segundo vivo en las title cards y sus párrafos sacando a luz el subtexto de la historia, aún vivos en forma de las citas que pululan las introducciones del cine más “artsy”.

La ambición de Stroheim es casi tan amarga como la de McTeague. Al final, mientras se rodaba uno de los clímax más poderosos jamás hechos, con una lucha mano a mano en el desierto de Death Valley, con un par de actores notoriamente encarnizados dando la performance de sus vidas en cámara, tras esta había un equipo enfermo, agonizante, amotinado, y un director durmiendo con su arma. Y todo para una obra maestra mutilada por toda la eternidad, cual Venus de Milo, por su propia avaricia.

Greed

Erich von Stroheim

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