Pom Poko (1994)

4.0

So, yeah, esta es la película de los mapaches con los testículos gigantes multiusos. Solo quiero sacar eso del camino temprano. Bueno, no son realmente mapaches: los tanuki japoneses son cánidos y, mitológicamente, son entes mágicos protagonistas de leyendas como Bunbuku Chagama, donde un tanuki cambiaformas recompensa a las almas gentiles, y Tanuki-bayashi, sobre las percusiones en el bosque atribuidas al golpeteo de sus estómagos. El título onomatopéyico de esta película, “ponpoko” viene de ahí, y son dibujados con estilos eclécticos y modernos (la música entrando durante su primer cambio al antropomorfismo es una movida brillante) pero respetuosos con las viejas xilografías, que de todos modos se parecen mucho al fetish art furry del internet.

Solo estoy bromeando. No hay nada morboso en esta película. Jocoso, sí, pero el que toda parte del cuerpo, hasta la más pudorosa a nuestros ojos, sea parte de la magia de estos animalitos, se relaciona con una aceptación divina de lo carnal —en lugar del divorcio occidental y cristiano con lo físico— y de su modo de vida dionisíaco y relajado, rayando el zen (incluso llegan a mencionan a Buda), en las colinas Tama de Tokyo en los años 60.

Por supuesto, se necesita un conflicto y ese paraíso no dura. El título original traducido es “La guerra de los perros-mapaches ponpoko de la era Heisei”, i. e. un boom de infraestructura que implica la llegada del Enemigo #1 en las cintas animadas sobre animales que hablan: bulldozers.

En dos horas no hay ni rastro de algún simpático muchachito ambientalmente consciente que luche del lado de los tanuki. Estos deciden contraatacar con sus habilidades de metamorfosis, por lo que deben disciplinarse. Mientras más ganan la capacidad de defenderse, más se alejan de su filosofía inicial. Caen primero en ataques violentos, y en divertirse asustando a los humanos (hay una pesadillesca recreación de la leyenda de la Mujina de Akasaka Road… gugléalo), y terminan cayendo incluso en una castidad forzada durante la época de apareamiento, pues con menos áreas verdes deben evitar la sobrepoblación. Esto, por supuesto, jamás había sido un problema. Malthus no se sostiene cuando hay árboles.

En el camino del héroe de estas criaturas, el punto bajo llega cuando uno de sus sabios considera la oferta de un kitsune (un zorro) de metamorfosear a humanos y conseguir un trabajo, como la mejor vía de acción. Olvidarse del bosque por siempre. Es la tentación del diablo, pero el posterior triunfo del bien en batalla nunca llega, y el escuadrón aéreo de tanukis, de la tan famosa escena donde planean usando sus escrotos como paracaídas (en realidad, sí son tan elásticos que se usan para pulir oro), termina en una derrota a manos de las autoridades.

Hay una secuencia fabulosa, tan colorida y trascendente como cualquier trabajo de Miyazaki, en el que los tanuki, como último recurso, despliegan yokai por toda la zona residencial en un intento de asustar a los humanos. Por supuesto, esto es explicado en los medios como una maniobra publicitaria. Humo y espejos. Creemos que este será el clímax triunfal, pero no lo es. El mensaje es claro: por más mística e insondable, Gaia no puede contra la avaricia humana. En una de las primeras imágenes, aparecemos como dioses recostados en la tierra, abriéndola con el pasar de un dedo.

A los humanos nos gusta contarnos esta historia arquetípica del triunfo de la tribu que vive en paz con la naturaleza sobre los imperialistas, colonizadores y destructores del medio ambiente, porque purga nuestras culpas y reafirma nuestra inocencia como meros engranes. Si Isao Takahata hubiera decidido terminar “Pom Poko” en una nota triunfal no estaría siendo sincero. No se puede cambiar la historia. Tokyo no es una idilia utópica. Al antropomorfizar a los tanuki no solo los vuelve más accesibles sino que los humazina y nos confronta con nuestro desdén por la vida semejante: son una comunidad rural. Hay un cambio de ritmo y tono drástico tras la jovial primera hora, en la que la confrontación con la audiencia se vuelve cada vez mayor, hasta que finalmente la cuarta pared se rompe tras la última y triste ilusión creada por los tanuki que decidieron convivir con los humanos, un temporal regreso al pasado, similar a la secuencia del huerto de ciruelos de “Sueños” de Kurosawa, estrenada en 1990.

Pero hey, quizá no seamos tan viles al querer sentirnos bien con una historia sobre el triunfo de los abraza-árboles de vez en cuando. Incluso “Pom Poko” sugiere que no todos los humanos son malos, ni están en control de los actos terribles que atentan contra el planeta, probando equivocado en unos segundos al duro jefe Gunta de los tanuki, en una escena donde unos tanuki y unos niños comparten un breve momento de simpatía, separados por un barranco creado por la construcción. Los niños sonríen y les llaman lindos. No tienen ni idea del costo que ha tenido que puedan hacer su vida ahí.

“Pom Poko” es triste, pero es responsable, y su esperanza y optimismo se extrae junto con las verdades duras. Es quizá la película más madura que se ha hecho con este molde tan familiar, sin el violento espectáculo y la reafirmación abaratada de una “Avatar”. Por más que queramos vendernos esa fantasía, los tanukis de la vida real no ganarán hasta que los que están en el poder dejen de ganar destruyendo al planeta.

Heisei Tanuki Gassen Ponpoko

Isao Takahata

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