Natural Born Killers (1994)

4.0

Comprender la perspectiva psicológica en los cambios visuales de “Natural Born Killers” durante la primera secuencia es lo más importante para tener una experiencia más significativa que un producto volátil de la era MTV. Las tomas de animales ponzoñosos en el desierto de Nuevo México encajan con el darwinismo social que expresa el asesino en masa Mickey Knox (Woody Harrelson). En la cafetería en la que lo conocemos junto a su esposa Mallory (Juliette Lewis), tomas en blanco y negro son empleadas como la lente de sus psiques anómalas: Mickey ve, brevemente, una mueca de malignidad en la mesera que nunca estuvo ahí. Luego un cliente leyendo un periódico cuyo titular reza “666” se desvanece, como uno de los demonios guardianes del universo de David Lynch. Con esto queda establecido el torbellino mediático en torno a los protagonistas. La película se resume en sus primeros cinco minutos, solo falta el primer baño de sangre.

La escena está también construida por la tensión que provoca el ángulo irregular del encuadre y los close-ups. En una primera visión es normal asumir que el recurso fue solo para abrir en grande, pero nunca abandona la película. Las pocas tomas enderezadas se sienten como un descanso visual. Uno piensa que Oliver Stone podría estar empleando sus cartas muy temprano pero luego demuestra no tener límite: tintes de verde tóxico y chillón, animación en 2D, CCTV. El viaje de los amantes asesinos a través del país en frenesí es un collage que no solo expresa solo su desequilibrio interno sino el filtro a través del cual recibimos la realidad.

Hay un adagio falaz en ciertos sectores poco informados de la crítica que recalca la importancia de la sutileza. El entusiasta James Berardinelli de Reelviews.net  (un amigo de Roger Ebert) apuntó: “El problema es que es una película de una sola nota. Martillea repetidamente el mismo punto hasta que la audiencia ha sido maleada hasta la inconsciencia”. De haberlo escrito hoy en día quizás hubiera empleado la frase “forzado por la garganta” (“shove down our throats”) que tanto le gusta a la pseudocrítica que se niega a ver la dimensión política del arte. Incluso esta repetición pudo haber sido el motivo por el que Quentin Tarantino, quien al principio le dio su bendición a Stone para llevar su guion a la pantalla, odió la película.

Pero como dice el reportero sensacionalista Wayne Gale (Robert Downey, Jr.), “repetition works”. Este recurso llega aquí al extremo al emplear segmentos de Tonya Harding y los procesos de los Menendez y O.J. Simpson como remate. Pero, ¿qué quiere decir Stone con esto tras un clímax ultraviolento? Supongo que, justo como Mickey admite cuando decide matar a Gale como “statement” sobre los medios, no está muy seguro, porque ¿acaso no formó él parte de esa banalidad al aceptarle la entrevista? ¿O desde un principio, al ir por ahí con Mallory dejando un solo sobreviviente en cada ataque para que corriera la voz y los hiciera famosos?

En ese sentido, Berardinelli tiene un punto al haber llamado a Stone hipócrita por haber hecho una película violenta contra la violencia. Es solo que este punto es una realidad. La paradoja entre condena y aceptación es condición humana. Una de las formas de entretenimiento de más inocua reputación, la sitcom, es expuesta como la misma toxina patriarcal que el resto, al ser el formato que cuenta la historia de la familia disfuncional y el abuso sexual que Mallory recibía a manos de su padre (Rodney Dangerfield) antes de irse con Mickey. La laugh track contrastada con sus manoseos y degradaciones verbales es incómoda pero, hoy en día, ya un recurso trillado. Más efectivo es ver algo como “The Big Bang Theory” sin las risas, para actualizar el punto que Stone hizo hace más de 20 años.

Ingenuamente, el director pensaba que esta ola de violencia e incertidumbre podría apaciguarse en un futuro. Pero lo único que ha pasado es que más tiroteos han ocurrido (la película fue culpada por Columbine y más crímenes copycat, pero correlación no implica causalidad) y hemos llegado a acuñar el orwelliano término “posverdad”. Mickey y Mallory podrán ser asesinos por naturaleza, pero hasta qué punto esa naturaleza es construida es tema de debate. Hemos perdido tanta sensibilidad que el balde de agua fría que aún es “Natural Born Killers” corre el riesgo de no parecer más que otro producto edgy de los noventas. Parece que, con el paso del tiempo, vemos a la década anterior como la exagerada y a la actual como la mesurada, cuando es todo un continuum de los mismos problemas. La paradoja entre celebración y condena sigue viva en todo lo que consumimos, convertida incluso en himno pop con “Everything Now” de Arcade Fire.

Mientras nosotros nos enredamos en nuestros pensamientos, en los rostros de asesinos como los interpretados por Harrelson y Lewis sigue presente esa perturbadora expresión nefelibata, el desapego sin culpa que vemos a diario en los criminales del noticiario. Mickey es el Ubermensch de Nietzsche, un ideal que al parecer es incapaz de existir en su concepción más romántica y virtuosa (aquí se desvirtúa la rebeldía outsider usando “Rock N Roll Nigger” de Patti Smith). Es el dios de su propio mundo y, así como puede casarse sin una iglesia, puede decidir quien vive y quien muere. La película le otorga ese estatus haciéndolo sobrevivir al final, negando así a su antecesora “Bonnie and Clyde” (1967), que termina en un castigo que resalta la banalidad del crimen. “Natural Born Killers” resalta la banalidad de todo: incluso el asesino serial quiere ser una estrella. Quizá nuestra labor más importante en este uróboros de egos, humo y espejos es no otorgarle un pedestal a nadie. Menos a asesinos.

P.D. Quentin Tarantino está trabajando en “Once Upon a Time in Hollywood” (2019) con el fotógrafo de “Natural Born Killers”, Richard Richardson. Dados los antecedentes, no creo que podamos esperar líneas de tierra inclinadas, pero será interesante ver cómo aborda el tema tras haber declarado que “el planeta Tierra no estaba listo para mi película de asesinos seriales“.

Natural Born Killers

Oliver Stone

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