The Crow (1994)

3.5

En pantalla grande, la introducción de “El cuervo” es una experiencia extracorporal que te abandona en una metrópolis convertida en purgatorio. Nunca hubiera adivinado que la flamígera ciudad mostrada por la cámara flotante de Dariusz Wolski (“Piratas del Caribe”, “The Martian“) era Detroit de no haberlo leído en la sinopsis: parece una pesadilla urbana sin tiempo y contenida en el espacio; es difícil de creer que en este universo puedan existir áreas verdes y cielos claros. Este entorno ha sido comparado al de su contemporánea “Batman” de Tim Burton y con una poco más lejana “Blade Runner”, pero su irrealidad remite aún más atrás, a “El gabinete del Dr. Caligari“. Aún siendo una película de acción genérica, logra hacerte sentir que estás ahí, y eso es algo que no cualquier obra de arte logra.

El background de Alex Proyas como director de vídeos musicales es directamente responsable de la fortaleza de la película, cuyas carencias en el guion son por omisión y no por ejecución. Los escritores, el autor de ciencia ficción John Shirley (“BioShock: Rapture”) y el icono del splatterpunk David J. Schow (revista Fangoria, “The Texas Chainsaw Massacre: The Beginning”) no ponen más que el beat necesario para la siguiente escena de acción, pero Proyas sabe como hacer que todo impacte. Por ejemplo, la escena donde Eric Draven (Brandon Lee) emerge de la tumba y regresa a la habitación donde su prometida fue violentada para su inevitable conversión a superhéroe, es una frenética mezcla de close-ups, contrapicados, flashbacks que contrastan la negrura con rojo y azul (augurio del “bisexual lighting“) y un tracking shot final que se aleja para presentar al antihéroe, todo mientras “Burn” de The Cure revienta las bocinas. Este es el tipo de cosas que, descritas en una crítica, deben leerse con el entusiasmo de un niño contándote la película. Pocas secuencias de origen igual de badass.

En su momento, “El cuervo” fue reconocida por Roger Ebert como la mejor traducción del lenguaje visual de los cómics al cine hecha hasta el momento. Incluso “Batman” era más tradicionalista. La era MTV le hizo un favor a esta producción y, aunque hoy en día luce menos única gracias a Zack Snyder, las Wachowski y las “Sin City”, su plasticidad noventera es parte de su encanto. Si estás en sincronía con la estética y también eres fan del post-punk y la música industrial que llena su soundtrack, será suficiente para compensar la levedad de la trama. Incluso podría seducir a los no convertidos, haciéndolos mirar dos veces la próxima vez que pasen junto a una tienda de moda gótica.

Es que “El cuervo” no es más que una sucesión de escenas cool: un temerario maratón brincando entre azoteas, un clímax con un update del “Climbing Climax” de “Metropolis” con Eric y el villano Top Dollar (Michael Wincott) en el techo de una catedral. Otros clichés de películas de vigilante abundan, como el policía virtuoso y buena onda, Albrecht (Ernie Hudson de “Ghostbusters”) y la adolescente rebelde que va en patineta y está a cargo de la narración (Sarah, la carismática y desaparecida de Hollywood Rochelle Davis). Cuando termina sus charlas nocturnas para avanzar la trama con alguno de estos personajes, Eric desaparece súbita e implausiblemente, como lo haría el Batman de Christopher Nolan una década después. De hecho, la forma en la que irrumpe los círculos criminales para ser motivo de mofa recuerda también a la dinámica entre el Joker de Heath Ledger y sus colegas del bajo mundo.

Como espero haber sugerido, todos esos clichés son redimidos por el carisma de los actores. No hay nadie, secundario ni terciario, que parezca forzar las cosas. Los one-liners son divertidísimos desde las cruentas primeras escenas (—¿Es esta la víctima? —No, ¡es Amelia Earhart!). Es por este ambiente agradable que, cada que algo predecible ocurre, es satisfactorio, volviéndola ideal para una visión grupal: “lo va a matar, lo va a matar y… ¿cuánto a que aparece el policía? ¡se los dije!”. Eric, el Cuervo mismo, está lejos del antihéroe roñoso y nietzscheano popular en el siglo XXI; como resucitado, tiene respeto por la vida. Le recomienda a Albrecht dejar de fumar y convence a la desapegada madre de Sarah, Darla (Anna Levine), de abandonar las drogas y regresar a la vida de su hija. La escena de la reconciliación entre ambas, aunque naíf en diálogos, es la única con iluminación naturalista en toda la película. Esto conecta con el leitwort de Eric: “no puede llover por siempre”. Aunque nunca lo vemos, el final feliz sugiere que llegará un día menos lúgubre para los personajes.

La luz está implícita en la oscuridad como un factor inevitable tras la intervención de un mediador, en este caso, el Cuervo. Hay una cursilería barroca, muy propia del emo, embebida en los ornamentados diálogos: “Madre es el nombre de Dios en los labios de cada niño” (frase de Thackeray), por ejemplo, o “Las pequeñas cosas significaban tanto para Shelly. Yo pensaba que eran triviales. Créeme, nada nunca es trivial”, la filosofía de Eric. ¿Inesperado, verdad? Uno se siente tan a gusto con la presencia de Draven en pantalla no solo gracias al guion sino a Brandon Lee, que lo llena de un carisma de boy scout que no le pide nada al Superman de Reeve. Su desafortunada muerte en el set no es motivo de idealización, fue un accidente sin más; pero no pudimos haber tenido un testamento que nos dé una mejor impresión de él que “El cuervo”. A este autor le hace muy feliz la inspiración para su nombre.

The Crow

Alex Proyas

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